Sentada bajo la sombrilla sonrío y veo cómo Fabrizio, tomado de las manos de su padre, se lanza a nadar. Patalea y patalea, avanza y avanza en las aguas del Caribe, donde los pelícanos se zambullen cerca de la gente en busca de su alimento, y el abrazo del mar, tibio y cristalino, siempre está ahí. En pleno momento de éxtasis, una imagen me aterró: Una botella de plástico en la arena; sin tapa y con el cuello al descubierto, apuntaba al cielo. Y enseguida me acordé de lo que la guía del acuario nos había comentado el día anterior: “Si seguimos así en el 2050 las botellas y los residuos de plástico habrán sustituido a los peces”. No pude evitar la imagen de una cabeza, más que humana, monstruosa, abriendo una boca más grande que la de una ballena, vomitando millones de botellas en pleno mar. Lo que antes podría haber sido una figura legendaria, hoy es en una pesadilla. La botella y su mensaje de amor tirado al mar, con la esperanza de que alguien lo reciba, sufre la amenaza de ser sustituida por la desaparición de los peces, y la nostalgia de un mundo marino que puede llegar a desaparecer, si no tomamos conciencia de lo que está pasando en el mar, y hacemos algo. Me levanté de la reposera, caminé hasta el lugar de la botella, y la tiré a la basura. De camino, fui recolectando otras “flores de plástico y cartón” que los humanos tiramos en la arena, sin pensar en sus consecuencias. Cuando volví a la sombrilla, no me sentía un héroe por haber limpiado apenas un fragmento de playa, pero al menos había puesto “un rezo en movimiento”. Mientras levantaba de la arena pajitas de refrescos, vasos, cubiertos, cajas de cigarrillos, entre otros desperdicios, le pedía a Dios que nos diera la luz para despertar, y tomar consciencia de la gravedad de este hecho, y en lugar de echarle la culpa a Él o Ella, o quién quiera que sea Dios, como lo venimos haciendo durante siglos y siglos, tomar de una buena vez la responsabilidad de nuestras acciones por el mar de nuestros nietos. Para que ellos puedan, algún día, nadar mar adentro.
martes, 30 de mayo de 2017
miércoles, 24 de mayo de 2017
el mar
Me zambullo en el mar, el agua me recibe como si nunca la hubiera abandonado, su sabor otra vez en el paladar, su tibieza sobre la piel, y un mundo de corales sobre la arena, y un par de peces violetas con aletas transparentes escabulléndose entre las rocas. Me entrego, me dejo llevar hasta el fondo, una infinita gama de turquesas se despliegan en el agua, y el sol, allá en lo alto, atraviesa el mar con una luz del color de los nísperos. Las olas se alborotan por encima de mí. Allá abajo, el silencio es absoluto. No hay nada que lo quiebre. Y es como si hubiera vuelto. Aunque sé que es imposible, aunque en la memoria no quede ni rastro de lo que fue, volví por una fracción de segundo a la placenta de mi madre. No me pregunten cómo porque no lo sé. Pero sí me consta que regresé. Sólo por un instante, más breve que un sueño. Si realmente hubo un lugar en la infancia donde me sentía segura fue en el mar. Podía ser yo misma, libre de miedos, expectativas y frustraciones. El mar con sus olas acaparaba toda mi existencia. Entregarme a él, era irresistible. Dejarme llevar por las olas hasta la orilla, volver corriendo a zambullirme en el agua, una y otra vez, como una danza donde la misma secuencia de movimientos se repite sin cesar. Aquel ritual me hacía sentir libre. El presente se ensanchaba como el horizonte y no había más espacio ni para el “molesto” pasado, ni para el “temeroso” futuro. Del otro lado de la orilla, bien lejos de mí, quedaban las angustias por los deberes de la escuela, por las peleas con mi hermana, por los conflictos cotidianos de mis padres. Y en el presente sólo había espacio para las olas, el gusto a sal, el sol, las risas, los juegos con las primas. El mar es infinito y me recuerda lo finita que es la felicidad. Es sólo ese momento fugaz en el que uno está capacitado para tomarla. Gracias a que es sólo ese momento, es que tiene un valor, un contenido, un verdadero sentido que va llenando la vida casi sin que te des cuenta, como los granitos que se filtran por el cuello de un reloj de arena. Hace unos días me zambullí una vez más en el mar, y volví a sentirme tan protegida como en aquellos momentos fugaces de la infancia, y del otro lado de la orilla quedaron otra vez los miedos abandonados a su suerte: el miedo a no poder, el miedo a fallarle a los que más quiero, el miedo a fracasar, el miedo al éxito. Y cuando los miedos quedaron allá lejos, regresó la confianza, quizá tan fugaz como la felicidad pero persistente. Regresa cada vez para dejarme ser. Es una ola que me sostiene, me abraza, me guía, dentro y fuera del mar.
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martes, 9 de mayo de 2017
la música de M
Como gotas pequeñas de agua iban llegando sus mensajes, marcando presencia cada día hasta que me animé a llamarla y contarle algo de mí, algo de mi historia que sin habérmelo propuesto, la hizo llorar. Ese fue el momento en que se atrevió a contarme que se acababa de mudar. Antes vivía con su pareja y ahora en un altillo de una casa antigua muy cerca de Amsterdam. Cada día hace un gran esfuerzo por no perder las ganas de vivir, después de haberse separado una vez más. Las palabras de M, aunque son en holandés, me devuelven sin poder evitarlo, un montón de fotos de mi pasado. Reconozco las veces en que me encontré en la misma situación. Y las personas que en aquel momento se mantuvieron cerca, fueron cablecitos a tierra y un hilo al cielo, indispensables para salir de donde estaba. La Navidad pasada recibí la música de M a través de una amiga, y me gustó tanto que se la agradecí personalmente a M. vía WhatsApp. A partir de ese instante, cada mañana recibo una señal de su parte: una foto de unas esculturas en Oslo, una iglesia colonial en Perú, otras mañanas me envía una nueva canción ejecutada con su guitarra, y yo casi siempre le respondo con otras señales, “gracias”, “qué linda música”, o le envío una foto de Fabrizio o de Delft. Sus señales llegan a veces “con atraso”, eso significa que M está viajando. Además de cantar y tocar la guitarra, es azafata. Hace poco recibí una foto suya en un recital. Se había animado a tocar en público, después de mucho tiempo de no haberlo hecho. “Gracias a ti”, -me escribió debajo de la foto. Y yo pensé, “gracias a ellos”, los ángeles que hicieron posible este intercambio, entre su música y mi oído, entre su historia y la buena voluntad de escucharla, como forma de agradecer lo que se me ha dado, y lo que todavía, se me está dando.
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martes, 2 de mayo de 2017
un retrato a mi padre
A veces se lo veía así, como en la foto que tengo pegada en el vidrio de la ventana, con el semblante tranquilo, una mirada profunda hacia alguno de nosotros, y la comisura de los labios dibujando un gesto a medio camino, quizá entre alguna palabra por decir y un esbozo de sonrisa. Esos eran los momentos en que nos podíamos comunicar. Instancias fugaces en las que mi padre no se sentía atacado por el mundo y se expresaba con un tono de voz azul oscuro, sereno como un mar libre de tormentos, articulando cada palabra con claridad, creando un ritmo ameno en su forma de narrar cada historia. Le gustaba hablar con imágenes, como si escribiera en voz alta. Un día me describió la vida como un bosque y un problema cotidiano como un árbol. “Si te quedás fijo en él, perdés la visión del panorama completo”, -me había dicho y me dejó pensando. “Hay que seguir para adelante, mija, hay que seguir” -me decía.
En la foto se lo ve con el mate en la mano, sentado en el patio trasero de su casa en La Floresta, tras una luz veraniega, formando parte de un momento que si bien no recuerdo, sí puedo ubicarlo en la época a la que pertenece. Es una foto que le sacó mi amigo alemán Herbert, cuando fue a visitarme a Uruguay hace diecinueve años atrás.
Empezó a llover. Miles de gotas se acumulan en el vidrio de la ventana. Pero la foto de mi padre queda intacta, resguardada dentro de casa, del otro lado del vidrio, y como si por un segundo pudiera regresar, miro sus ojos y comprendo que el tiempo ha pasado, que la vida es un tejido hacia adelante sin interrupciones; nada ni nadie queda congelado, sólo en la intensidad del recuerdo. Mi amigo Herbert murió hace dos años. Mi padre aún está vivo y naturalmente ya no es el mismo. Tampoco soy la misma. Y a la distancia reconozco los errores que cometí con mi viejo. Se me acabó la etapa en la que creía que sólo los padres son los que se equivocan. Yo, como hija adulta, también le erré muchas veces, y reconocérselo a papá por teléfono, aunque sea para empezar a reparar, me reafirma aún más, el camino que quiero seguir.
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miércoles, 26 de abril de 2017
un estado del ser
Había pensado subir al blog una foto de una pintura de Leonora Carrington, y comentar que la semana pasada estuve en una exposición sobre Surrealismo en el Museo Boijman con cuadros de Dalí, Miró, Magritte, entre otros grandes pintores. ¿Pero quién ya no ha visto sus obras? ¿Qué podría decir de nuevo sobre ellos? Absolutamente nada. Por eso vuelvo, humildemente, a mi vivencia cotidiana y comparto cómo las cosas me van resonando en momentos diferentes. El día de hoy no se termina de definir. Es algo vago entre lluvias que vienen, salpican, y se van. Soles que se asoman tímidos entre los árboles, interrumpiendo el recorrido de las nubes, dejan algunas huellas de luz, y vuelven a desaparecer. Fabrizio está de vacaciones y ha decidido que hoy su peluche favorito cumple 15 años. Le ha hecho una torta, ha inflado globos, y ha invitado a sus amigos para hacer una fiesta. Y yo, intento organizarme entre una pila de ropa que tengo acumulada para planchar, un par de traducciones por hacer, el compromiso que asumí de aparecerme con la lupa cada martes, y una reunión que tengo hoy de tardecita en Rotterdam. Pero la empatía que siento por los surrealistas me “obliga” sí o sí, a comentar algo sobre la experiencia del jueves pasado en el museo. Entré en un salón vacío. Sólo había una especie de cilindro rojo ubicado en el centro desde el suelo hasta el techo. Dentro del cilindro se pasaba una película sobre el surrealismo desde sus comienzos con el movimiento de Bretón. Una vez que entré en ese espacio fue como haber caído en una nave espacial. Me disolví de la realidad más tangible y regresé a la esencia más profunda de mí. Tomé conciencia de un estado del ser que ha predominado y que aún predomina muchas veces en mí, sana e insanamente, desde que nací. La irracionalidad. La asociación permanente de ideas que me surgen a partir de las imágenes que se me presentan en la experiencia cotidiana. La necesidad de darles un lugar, es vital. El viaje de los surrealistas me devolvió a casa en menos de diez minutos. Y cuando digo “a casa” no me refiero ni a Montevideo, ni a Delft, ni a ninguna otra parte del mundo, sino a ese estado indefinido del ser que acabo de expresar. Quizá este reloj hecho por Fabrizio en combinación con este texto de Cortázar sinteticen mejor que yo lo que necesito decir.
" Todavía hay tiempo para
imaginar cualquier cosa,
para creer que aparecerás
en cualquier instante, para
incluso creer que me
buscas"
Julio Cortázar.
martes, 18 de abril de 2017
como si flotara en el mar
Me dejo abrazar por las primeras horas de la mañana, como si flotara en el mar mirando el cielo boca arriba. Me entrego al silencio del comienzo del día que todavía es una página en blanco. Mi cabeza va más rápido que el cuerpo. Como si le molestara el silencio y se propusiera llenarlo de ruidos. Hace hasta lo imposible por distraerme. Mis músculos están aún adormecidos. Ayer de noche tuve un sueño interrumpido, Fabrizio se despertó varias veces pidiendo ayuda para ir al baño. Mi cuerpo es todo lo contrario a mi cabeza, ama al silencio, tanto como a la música, y en cuanto lo palpa se distiende, se entrega, y es justo ese el momento en que se genera un espacio propicio para escribir. Pero primero tengo que respirar hondo y calmar a “la loca de la casa,” esa cabecita que se dispara como una bala y sin rumbo fijo, y que es sólo una reacción contra el cansancio cotidiano. El acto de pensar con claridad y organizarme el día con sensatez, es lo opuesto, y sólo lo logro una vez que la mente aterriza en mis huesos, y se deja guiar por la musa que va tejiendo las horas del día. Ella sí sabe qué es lo conveniente, cuándo es el instante exacto de recoger la fruta madura, recién caída del árbol.
El sol se refleja en las flores de la ventana, se anima a entrar a casa y se instala sin pedir permiso en la fotografía que cuelga de la pared. Una ranura de luz se abre camino entre los árboles. Un amarillo intenso se mezcla con los distintos tonos de verdes de las hojas. La foto abandona su estado de ser pasivo, me invita a entrar, a escuchar sus pájaros, a oler la humedad de las hojas, y a sentir la brisa en la cara. Me siento en un banco de ese parque de París, descubro un triciclo olvidado entre los árboles, y escucho voces en francés. Ocupo dos lugares al mismo tiempo: uno cerca de la ventana de casa y otro en el parque. Y en ambos, saboreo mi café matutino y me pregunto: -¿Cómo estará mi hermana?
Le envío un mensaje de texto preguntándole: -¿Cómo estás?
Horas más tarde me responde con otra foto. Una imagen digital que aparece en el teléfono. Es ella misma en un hospital y su hija recién nacida. A mi hermana se la ve con ojeras violetas y la piel transparente por las noches sin dormir, pero su mirada irradia una luz que me recuerda una vez más, lo grandioso que es el momento de parir.
(dedicado a mi hermana, Martina)
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lunes, 3 de abril de 2017
el Album
Un viaje en tren en medio de la lluvia. Atravesamos campos, pueblos, alguna que otra iglesia antigua perdida entre los bosques. A mi hijo le encanta nombrar las cosas que él descubre del otro lado de la ventanilla: un perro perdido en el campo, un molino girando a todo viento, una vaca que nos mira sorprendida, un canal lleno de patos. En la mitad del viaje saco de la mochila un viejo álbum que me devuelve a un tiempo de hace 27 años atrás. Fabrizio se sorprende al verme en fotos en blanco y negro. Me reconoce. Bailando a mis diecinueve años en Alemania. Me reconozco, más allá de las distancias. El pelo más largo, el cutis más terso, menos arrugas en la frente, y una expresión dramática en la mirada que interpreta una coreografía del pasado. Mi “danza” ha cambiado mucho desde aquel entonces, cuando sólo vivía para bailar, cuando vivir me daba pánico y el escenario era un mundo “más manejable”. Ahora la vida es una danza en sí misma en cada momento y en cada lugar. Estoy aprendiendo a bailarla; a veces a los tropiezos, nunca fui demasiado práctica, pero otras veces los movimientos fluyen con la intensidad de las olas, y me dejo llevar en ese mar envolvente del día a día con sus soles y sus lluvias. No sé si vivir me da menos miedo que antes. Pero lo que sí sé, es que el miedo ya no es mi patrón. Lo atravieso a pulmón y de la mano de Dios. Rezar a consciencia es el anti depresivo más eficiente y sano que hasta hoy encontré. Pedir por serenidad antes de tomar una decisión. Pedir por lucidez en medio de la confusión en vez de dejarme llevar por el primer arrebato emocional. Pedir por valor, cuando estoy por atreverme a hacer algo nuevo. Pidiendo y pidiendo, rezando y actuando, el miedo se va haciendo a un costado, igual que mi sombra al caminar, su fuerza se debilita, me hago de coraje, y la mirada sobre las cosas pega un giro inesperado. En lugar de detenerme a pensar en lo que no funciona, me pongo en movimiento con lo que sí está en marcha y va hacia adelante, como las ruedas de este tren. Entonces, mis “coreografías” cotidianas ya no son tan dramáticas, ni tan pesadas, como las de mi época en Alemania. Vivo una intensa gama de emociones que me atraviesan; son una melodía finita pegada al oído que se me va metiendo hasta en los huesos. Soy capaz de sentirme alegre y melancólica al mismo tiempo; contenta de este paseo en tren con mi hijo que toma su jugo de manzana, mientras saboreo un capuchino y le muestro las fotos; melancólica por la danza de la lluvia que desdibuja los paisajes del otro lado de la ventanilla. Nostálgica porque sin dudas el tiempo ha pasado, llevándose mis diecinueve años entre otras tantas cosas. Contenta de vivir ahora, con menos miedo y más valor. Agradecida de poder acompañar y apoyar a mi hijo en su crecimiento. Feliz por la culminación de un nuevo poemario y la aventura de buscar editorial. Agradecida de seguir escribiendo. El viaje hacia la casa de los abuelos holandeses ya se está por acabar. Fabrizio guarda en su mochila un auto azul con el que estuvo jugando hace un rato. Ha parado de llover. Las nubes le abren camino a un hilo de sol. El verde de los campos brilla aún más bajo una manta de gotas iluminadas por la luz. Y el álbum de fotos ensambla el pasado con el presente, recordándome quién fui, recordándome el tiempo y el esfuerzo que me llevó llegar hasta aquí, y ser quien soy. Aquellas fotos-raíces-recuerdos me alientan a seguir y a atreverme a ser quien quiero ser.
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