Los niños construyen del otoño, una fortaleza.
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sábado, 14 de noviembre de 2015
tranvías
Las cosas se deslizan en silencio detrás de la ventana, como si no tuvieran importancia: una nube, una bicicleta, un paraguas rojo, una mujer con pelo violeta y minifalda, un árbol sin hojas, canales, puentes, árboles, un barco de carga, un caballo, un semáforo. Nadie mira hacia afuera. El foco de atención de los pasajeros se reduce a la minúscula pantalla de un celular. Todo parece trivial en esa letanía silenciosa en la que se desplaza el mundo de los adultos. Pero cuando mi hijo empieza a nombrar con entusiasmo cada cosa por su nombre, es como si se despertaran y recobraran vida.
viernes, 14 de diciembre de 2012
milagros
XII
El silencio de la nieve cubre la ciudad, los ruidos desaparecen.
XIII
Domingo de mañana. Un sol de invierno entra por las ventanas, una capa de nieve cubre los tejados y las chimeneas de las casas, sólo se escucha el graznido de los cuervos. Fabrizio duerme en su cuna, papá Chris lee las noticias en su ipad acostado en la cama, y yo escribo a mano, como si estuviera tejiendo una bufanda interminable, sentada al lado de las ventanas.
XIV
Mimos, llantos, y más mimos. Hoy es un día en que Fabrizio sólo quiere mimos. Yo le digo que ahora no es como antes, cuando estaba embarazada de él, y andábamos juntos día y noche sin separarnos un sólo segundo. Mientras lo acuno en mis brazos, le como los cachetes a besos, intento explicarle que el mundo es más ancho que el útero de mamá; el mar, el sabor del chocolate, el vértigo de una montaña, la frente pegada contra la ventanilla de un tren, la llegada de una postal, el viento girando molinos, el cuervo sacudiéndose la nieve de las alas, la siesta de los patos bajo el sol; mi hijo tiene un universo por descubrir más allá de mí. Pero todavía es demasiado temprano para entenderlo y el calor de mi pecho es su paraíso perdido.
XV
Qué misteriosa señal se le pasará por su cabecita para indicarle que cada vez que le sonrío puede devolverme la sonrisa y comunicarse conmigo. Ya no es aquella mueca en la cara del principio, cuando los músculos empezaban a entrenarse, sino que Fabrizio toma conciencia de que puede sonreír y ahora también se sonríe con la mirada; algo imposible de enseñar. Otro milagro de la vida que uno se olvida tan rápido, y cuando un hijo nace, te lo recuerda.
miércoles, 14 de noviembre de 2012
milagros
I
El moisés que acunó a Chris 37 años atrás, ahora es de Fabrizio; nuestro primer hijo. ¡Bienvenido a casa!
II
En mi vientre, un tajo de media luna, y de la herida un milagro, y de la sangre, el primer llanto. La ginecóloga sostenía a Fabrizio en el aire, yo lo miraba desde la camilla llorando de admiración. ¿Cómo había crecido un niño tan grande dentro de mí? Chris me apretaba la mano izquierda, me besaba la frente, las pocas partes del cuerpo que podía sentir. Del pecho hasta los pies, no sé qué se hizo de mí. Desaparecí. La anestesia de la cesárea me tragó como esos sueños pegajosos en los que uno se hunde y está deseando salir.
III
La primera semana de Fabrizio, la pasamos en el hospital.
Una costura de media luna arriba del pubis, agujas y cables en los brazos, contracciones pos parto que me sacudían como choques eléctricos, noches sin dormir, enfermeras que iban y venían como fantasmas que remendaban a sus descosidos; una camilla que se me hizo caja de música de bailarina rota girando sobre sí misma en una sola pierna. Durante el día, Fabrizio en brazos y Chris sentado a los pies de la cama, eran el cordón umbilical que me conectaba con el mundo.
IV
Una silla a tres pasos. La miro desde la camilla y pienso: ¿Qué músculo tengo que mover primero para hacer semejante viaje? Respirar hondo es fundamental, como quien tira de la piola de la vida. El vidrio sucio de un ventanal me conecta con la ciudad; es la vista desde el hospital, desde esta pecera gigante donde cada enfermo lucha para sobrevivir. Ya no se trata de ganarse el pan de cada día, sino el aliento de cada segundo. Respiro con todas mis fuerzas, apoyo las manos en la camilla, clavo los codos en el colchón, me inclino hacia la cadera derecha, la izquierda duele demasiado, no puedo entregarle el peso del resto del cuerpo. Estos pocos movimientos en cámara lenta me dejan extenuada; hago una pausa, vuelvo a tomar impulso y logro sentarme. Cierro los ojos, veo la cara pequeña y redonda de Fabrizio, sus manos dibujando caracoles en el aire, intento alcanzar el suelo con la punta de los pies. Las baldosas están frías, levantarme es un esfuerzo monumental, los músculos pesan más que durante las dos últimas semanas de embarazo. El cuerpo desgarrado, los hombros, las costillas y las piernas, se resienten cansados por la sobrecarga. Miro la silla que está a tres pasos; es el faro que pretendo alcanzar. La acompañante de mi vecina es también una mujer extranjera. Su mirada lee mis movimientos, adivina lo que quiero, aunque no nos digamos ni una palabra. La expresión de sus ojos me tiende una cuerda. La mujer se levanta y camina hacia mi dirección, me señala la silla, hago un gesto afirmativo con la cabeza, me apoyo en su brazo y tiro de él como de una raíz. Doy un primer paso, ella me acompaña con paciencia, se detiene cada vez que me detengo, respira hondo conmigo, comprende el idioma más universal que hay sobre la tierra, el de acompañar a quien nos necesita sin la superficialidad de los discursos; su brazo valía más que mil palabras. La mujer no hablaba español, ni inglés, ni holandés. Yo tampoco podía hablarle en su idioma. Pero qué importancia tenía, sólo necesitaba dar tres pasos, alcanzar la silla y sentarme, esperar a Fabrizio de brazos abiertos, y aquella madre de la China me entendió.
V
De regreso a casa. Lentamente vuelvo a recuperar la calma. La cocina desborda de frutas, nueces, y flores; Chris las compró para nosotros. Las ramas de un árbol acarician el cielo, una hoja se desprende y cae en el banco del parque que está enfrente a nuestra ventana, un gato marrón se pasea por el tejado de los vecinos, tengo a mi hijo en brazos, duerme plácidamente, como si nada hubiera pasado; estoy a salvo.
VI
No me canso de mirarlo; su nariz pequeña, sus labios finos, sus ojos oscuros que se abren cada día un poco más. Sus manos bailan con miles de gestos, como si quisieran contarme una historia interminable. No me canso de escucharlo. Lo acuesto en mi pecho, le canto las mismas canciones que le cantaba cuando estaba en mi panza, él se afloja hasta quedarse dormido, lo abrazo recostada en la cama, del otro lado de la ventana el atardecer cae sobre los tejados y las torres de las iglesias. Mi mundo es este cálido abrazo. La cabeza ya no me gira como una calesita sin sentido. Escucho la respiración de mi hijo y me siento en la eternidad.
VII
Un árbol con hojas doradas a sus pies, una calle tan angosta que sus muros están a punto de besarse, una bicicleta pasa como distraída; a lo lejos, el reloj de la torre inclinada marca las seis de la tarde; un cielo blanco, celeste, rosado pálido, una rodaja de luna colgada de una nube, y Fabrizio en mis brazos, irradiándome su luz.
lunes, 1 de octubre de 2012
octubre
Los días en silencio, las hojas amarillas, escribo con menos luz. Llueve de a ratos, un café me acompaña con una manta en los pies. Primeras huellas del otoño.
domingo, 3 de julio de 2011
diario IX

Parí la novela! En este momento la está leyendo una amiga, colega de confianza que me dará su último feed back antes de aventurarme a buscar editoriales.
Este fue un largo y profundo proceso que duró cinco años pero ahora tengo la satisfacción de decir; llegué a destino.
Para mí escribir es un acto de entrega donde muchas veces el texto me confronta con mis debilidades y a su vez me ayuda a forjar una fortaleza interior que es la que me acerca a Dios y me da fuerzas para vivir.
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sábado, 7 de mayo de 2011
diario VII

Después de un paseo por el bosque, me senté en un café al aire libre y me puse a leer: Los nueve cuentos de J.D. Salinger. Magistrales...
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martes, 26 de abril de 2011
diario VI
Me desperté temprano a la mañana. Chris ya se había ido a trabajar pero algo me decía que no estaba sola; me levanté y fui a desayunar. El resplandor del sol acariciaba el respaldo de una silla que me invitaba a sentarme. Sobre la mesa había una nota suya, llena de corazones azules.
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jueves, 21 de abril de 2011
diario V
Salí a caminar. El cuerpo se desentumece en cuanto entro en movimiento; las articulaciones se aceitan, los músculos respiran, la piel disfruta de las caricias de la brisa, la cabeza se distiende. El tiempo se eterniza, se desplaza como agua silenciosa y me transforma sutilmente; no hay nada que lo quiebre, ningún pensamiento me roba energía devolviéndome hacia el pasado ni intenta llevarme hacia el futuro. Caminar es para mí como ir a la iglesia para un cristiano. Algo que me rescata de mis obsesiones, me libera y me trasciende. Hoy de mañana me perdí entre los bosques y los lagos hasta que encontré un lugar para meditar. Al cerrar los ojos, me envolvió un concierto de pájaros impresionante. Sus voces sonaban con una fuerza admirable. Al cabo de un par de horas, antes de ponerme a trabajar, almorcé en un café al aire libre. Muchas madres tomaban sol mientras sus hijos jugaban en un gran arenero. Una niña tenía la cara pintada de ratón y correteaba por debajo de las mesas. Le sonreí y ella corrió hasta mí con las manos cerradas. Traía un puñado de arena y me lo mostró como su gran tesoro.
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jueves, 14 de abril de 2011
diario IV
Ayer de noche, cuando llegué a casa, revisé el correo electrónico y tenía varios mensajes. El primero que leí fue el de mi amiga Loli. Se trataba de una información sobre viejos y nuevos paradigmas de nuestra cultura occidental en relación a la muerte. Después de leer, me invadió la tranquilidad de un día de verano haciendo la plancha en el mar, y dejé los demás mensajes para otro momento. Apagué la computadora y me hice un té con miel. "Esto es lo que necesitaba para profundizar en algunos puntos de mi nueva novela que está ahí, a punto de parirse", me dijo con suavidad una voz interna, mientras me sentaba en el sofá. "Es lo que me hacía falta para desprenderme de mis viejos hábitos, como la evasión, el control, el miedo paranoico, por recordar sólo algunos. Ellos me ayudaron en su momento a sobrevivir experiencias duras y se los agradezco. Ahora me siento preparada para descubrir nuevas formas de proceder en el día a día. Estoy pronta para recibir una nueva vida y el amor incondicional de “un nuevo” Dios", me susurraba al oído esa voz interior tan frágil y fuerte a la vez, mientras tomaba el té mirando por la ventana los faroles que iluminaban el parque como faros en el mar. Ahí tomé conciencia de que siempre le había tenido miedo a la muerte porque aún le tenía miedo a la vida, y en ese instante accedí a otro nivel de comprensión de las cosas. No sentí más miedo. De repente, oí un ruido en casa y por primera vez en mis 39 años no me sobresalté. Es sólo un ruido y nada más, sentí con claridad. "Y si... y si llegaran a ser ladrones"... -me dijo la vieja voz del pasado. Pero mi nueva voz le respondió: "Lo veremos en su momento; ahora, no hay nada que temer". Terminé el té y me fui a dormir.
Chris se despertó de madrugada, tenía que viajar a Austria por trabajo. “Adiós, amor” -me dijo, y su voz me llegó como una caricia tibia en la mejilla. Con los ojos entreabiertos le sonreí, aún medio dormida, y dije: “Adiós... te quiero”. Me dormí otra vez una hora más.
Cuando desperté, ya había amanecido. Desayuné con una nueva sensación; la de estar aquí y la de no querer fugarme hacia ningún otro tiempo ni lugar. Me sentí tan a gusto que quise aferrarme, una vez más, a ese nuevo estado de plenitud. Pero lo dejé fluir aceptando que no sé lo que sucederá, un segundo después.
Chris se despertó de madrugada, tenía que viajar a Austria por trabajo. “Adiós, amor” -me dijo, y su voz me llegó como una caricia tibia en la mejilla. Con los ojos entreabiertos le sonreí, aún medio dormida, y dije: “Adiós... te quiero”. Me dormí otra vez una hora más.
Cuando desperté, ya había amanecido. Desayuné con una nueva sensación; la de estar aquí y la de no querer fugarme hacia ningún otro tiempo ni lugar. Me sentí tan a gusto que quise aferrarme, una vez más, a ese nuevo estado de plenitud. Pero lo dejé fluir aceptando que no sé lo que sucederá, un segundo después.
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lunes, 11 de abril de 2011
diario III
La cocina, llena de frutas. El sol las acaricia. Naranjas, manzanas, y bananas, desbordan una vasija de madera. En el zócalo de la ventana los tulipanes abren sus pétalos hacia la luz. De noche, siempre se cierran para dormir. Cómo me gustaría capturar ese movimiento sutil de las corolas cerrándose cuando oscurece.
Afuera, los patos y los cisnes toman sol al borde de los canales, y los gatos, sobre el tejado de las casas. Los cerezos japoneses de la calle Choorstraat florecieron otra vez. Desde lejos, sus ramas parecen tupidas de copos de algodón. Las terrazas se llenan de coloridas ropas.
La gente sonríe en la calle y mira a los ojos cuando habla con más tiempo que en invierno. Llegó la primavera. Y a pesar de lo terrible que aún pasa en el mundo, estamos vivos, y podemos hacer algo.
Afuera, los patos y los cisnes toman sol al borde de los canales, y los gatos, sobre el tejado de las casas. Los cerezos japoneses de la calle Choorstraat florecieron otra vez. Desde lejos, sus ramas parecen tupidas de copos de algodón. Las terrazas se llenan de coloridas ropas.
La gente sonríe en la calle y mira a los ojos cuando habla con más tiempo que en invierno. Llegó la primavera. Y a pesar de lo terrible que aún pasa en el mundo, estamos vivos, y podemos hacer algo.
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domingo, 3 de abril de 2011
diario II
Hoy amaneció gris pero ayer fue un día de verano espectacular. No hacía nada de frío. La gente disfrutaba sentada afuera en los cafés o paseando por los canales. El cielo azul parecía que se iba a rajar de lo tirante que se veía. Los tulipanes rojos sobre la mesa de casa, ahora me lo recuerdan. Cierro los ojos y me transporto a la calidez de la noche de ayer. El teatro de Delft, lleno de gente. La música burbujeaba en mi cuerpo como la espuma del champán. El escenario, un lugar donde yo me permitía Ser, sacudiendo el esqueleto con los músculos en su justa tensión. El cuerpo se “me movía solo”, se desplazaba por el espacio como si se transportara sobre una pluma hacia un lugar desconocido y maravilloso. El público se sentía tan presente como el aire que se respiraba. “Cuánto sentimiento”..., me dijo una mujer, con los ojos llenos de lágrimas, a la salida del teatro; “gracias por transmitirme esa calidez latinoamericana; aquí, también la necesitamos. Gracias por conectarme con mis emociones”...
“¡Goed gedaan!” (¡Bien hecho!) me dijo luego un niño.
Le sonreí feliz y él me devolvió la sonrisa con una guiñada.
Les juro que no sé cómo lo hice. Más allá de mi formación académica en danza contemporánea, más allá de mi humilde experiencia con las tablas, les confieso que nunca me sentí “una gran bailarina”. Siempre cargué con mi ojo perfeccionista al hombro, y mi obsesión por la técnica, y por hacerlo todo genial hasta llegar al convencimiento de que el perfeccionismo es realmente una enfermedad que merece ser atendida. Cada vez que me atiendo con cariño, me libero de esa presión agobiante que a veces hasta me quita el aire o el sueño; entonces, es ahí cuando se produce la magia y esta debilidad o enfermedad se transforma en mi mayor fortaleza y se transmuta en calidad. Hay algo de lo que ya no dudo. Una misteriosa energía me trasciende cuando bailo o cuando escribo. No soy “del todo yo” y por eso puedo liberarme de mi propia cárcel, de mis miedos, de mis prejuicios, y del “qué van a decir ahora de mí”... y todas esas estupideces humanas. Sobre el papel y en el escenario puedo desnudar mis cicatrices sin pudor, y al mismo tiempo sonreír y agradecer el bendito aire que respiro. Me muestro vulnerable sin esperar nada a cambio. Y no sé como se produce la conexión con el alma de la gente (porque es algo que por suerte no puedo controlar) pero la cosa es que el público se conmueve y aplaude como loco. Es algo mágico, naturalmente no me pasa en todas partes ni a cada momento, pero sé que eso hipnótico que se genera cada vez que escribo o bailo, me hace vibrar, emociona a otras personas, me recuerda que estamos vivos y que nos podemos comunicar más allá de las barreras que muchas veces se interponen con nuestros egos.
El sol acaba de asomarse a través de la niebla. Por la ventana se cuela una luz blanca que me recuerda al tazón de leche con miel que siempre me servía mi abuela.
“¡Goed gedaan!” (¡Bien hecho!) me dijo luego un niño.
Le sonreí feliz y él me devolvió la sonrisa con una guiñada.
Les juro que no sé cómo lo hice. Más allá de mi formación académica en danza contemporánea, más allá de mi humilde experiencia con las tablas, les confieso que nunca me sentí “una gran bailarina”. Siempre cargué con mi ojo perfeccionista al hombro, y mi obsesión por la técnica, y por hacerlo todo genial hasta llegar al convencimiento de que el perfeccionismo es realmente una enfermedad que merece ser atendida. Cada vez que me atiendo con cariño, me libero de esa presión agobiante que a veces hasta me quita el aire o el sueño; entonces, es ahí cuando se produce la magia y esta debilidad o enfermedad se transforma en mi mayor fortaleza y se transmuta en calidad. Hay algo de lo que ya no dudo. Una misteriosa energía me trasciende cuando bailo o cuando escribo. No soy “del todo yo” y por eso puedo liberarme de mi propia cárcel, de mis miedos, de mis prejuicios, y del “qué van a decir ahora de mí”... y todas esas estupideces humanas. Sobre el papel y en el escenario puedo desnudar mis cicatrices sin pudor, y al mismo tiempo sonreír y agradecer el bendito aire que respiro. Me muestro vulnerable sin esperar nada a cambio. Y no sé como se produce la conexión con el alma de la gente (porque es algo que por suerte no puedo controlar) pero la cosa es que el público se conmueve y aplaude como loco. Es algo mágico, naturalmente no me pasa en todas partes ni a cada momento, pero sé que eso hipnótico que se genera cada vez que escribo o bailo, me hace vibrar, emociona a otras personas, me recuerda que estamos vivos y que nos podemos comunicar más allá de las barreras que muchas veces se interponen con nuestros egos.
El sol acaba de asomarse a través de la niebla. Por la ventana se cuela una luz blanca que me recuerda al tazón de leche con miel que siempre me servía mi abuela.
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martes, 29 de marzo de 2011
diario I
Hoy de mañana, acostada sobre una manta en el suelo, en frente a la ventana del dormitorio, recibía el sol en la cara como la caricia de algo lejano y entrañable a la vez. Una luz amarilla con manchas blancas se filtraba por las cortinas y se expandía por todas partes. Aún con los ojos cerrados, podía sentir su potencia; era como un líquido tibio que se derretía sobre mí. No quedaba ningún rastro de la noche anterior. Mis manos, apoyadas sobre mi vientre, también irradiaban calor. Sonreí, todavía sin abrir los ojos pero despierta; preferí mantenerme unos minutos así. Vacía de mis propias obsesiones y llena de un cálido silencio, sentí:
“Me merezco estar aquí. En paz conmigo, en paz con Dios, y con todos”.
Gracias.
“Me merezco estar aquí. En paz conmigo, en paz con Dios, y con todos”.
Gracias.
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