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lunes, 10 de octubre de 2016

6 minutos







En medio del parque, sentada en un banco con los ojos cerrados, sigo el recorrido matutino de sólo 6 minutos: respiro profundo, los pájaros también respiran conmigo y se dejan escuchar. El motor de un auto también dice, buenos días, empezó la jornada. El grito estridente de un pato se acopla al motor del auto. Los pájaros continúan con su coro de fondo. El vecino de enfrente atraviesa el parque. El hombre padece de un trastorno mental y sus pasos son inconfundibles; sólo con escucharlos, los reconozco de inmediato. Más autos y más patos se dejan escuchar. Una imagen en mi mente interrumpe la realidad cotidiana: la sonrisa de la maestra a las ocho de la mañana, justo cuando le dije, “disculpe, dejé sobre la mesa de casa la merienda de Fabrizio, vuelvo enseguida”. Afortunadamente vivimos cerca. Vuelo hasta casa y regreso con la comida de mi hijo en breves minutos. Ahora es tiempo de volver a respirar con tranquilidad. Tiempo de recuperar el hilo de la mañana. Tiempo de aterrizar. Empiezo por el parque de enfrente de casa. Un segundo de silencio. Todo se ha apagado en la ciudad por una décima de segundo: motores de autos, cantos de pájaros, gritos de patos, los pasos del vecino. Mi mente absorbe ese segundo de silencio, como quien bebe un vaso de agua fresca. Lo agradezco. En ese instante me recuerdo a mí misma algo vital: “Ale, sos de carne y hueso”. “El día de hoy no tiene que ser perfecto”. Suena el despertador en medio del pensamiento y abro los ojos. El recorrido de los 6 minutos ha acabado. El vecino nos asalta con un grito desesperado y el cielo se raja al medio. El sol se cuela por todas partes y lo siento en las mejillas. No sé por qué, pero el grito del vecino me recuerda al pato del comienzo del recorrido. Unas enfermeras lo calman y sus gritos se apagan enseguida. Es hora de empezar a trabajar. Emprendo la marcha rumbo a casa y sin apuro. 

(Fotografías: Alejandra Darriulat)




domingo, 15 de noviembre de 2015

en el café


La luz, filtrándose por la ventana, se abre camino entre los versos de un poema. Todavía no he podido entrar en él. Hay un par de interferencias en mi mente: “leche, té, pan, azúcar”... Son las cosas que se prenden con alfileres sus propias palabras para recordarme que en cualquier momento tengo que ir a comprarlas. No sé quién se asoma primero, si la imagen de cada objeto o su vestimenta, o si las dos juntas aparecen de golpe, como si una no pudiera prescindir de la otra. Escribo estas palabras en una servilleta de papel para liberarme de ellas y poder entrar en los primeros versos del poema que aún me espera abierto sobre la mesa. Empiezo a leer y todo lo que me rodea adquiere un lugar de segundo plano. Las palabras escritas: “leche, té, azúcar, pan”, me miran silenciosas de reojo. Mi atención se concentra en el latido de cada verso. Descubro a otra poeta conviviendo con su cotidianidad, palpando sus asperezas, revalorizando sus misterios. Es la gran poeta Circe Maia que me invita a dialogar con una blusa llena de gestos. No quiero que se me escape ningún detalle, ningún matiz, ningún acorde. Hay tanto movimiento en este poema que la blusa y sus mangas danzando con el viento se me quedan impregnadas en la retina del ojo. La memoria registra esta imagen, como si realmente se tratara de una prenda que una vez formó parte de mis pertenencias y se atreviera a ser parte de mis recuerdos. Ahora el poema reposa en la sombra. Sus últimos versos quedan resonando en mí, como melodías que no quieren despedirse. El pocillo está vacío. En el café pusieron un tema de Jacques Brel: “Ne me quitte pas”. Su voz se empasta con el murmullo de las conversaciones. El reloj pegó un salto de las dos a las cuatro de la tarde. El tiempo tiene su propia caída en la arena. Caída incontrolable. La luz de la tarde empieza a declinar y remarca este momento de estar vivos, esta persistente manera de avanzar, aunque estemos clavados a una silla leyendo, avanzamos, nos desplazamos, inevitablemente, hacia una misma dirección. 

sábado, 14 de noviembre de 2015

tranvías


Las cosas se deslizan en silencio detrás de la ventana, como si no tuvieran importancia: una nube, una bicicleta, un paraguas rojo, una mujer con pelo violeta y minifalda, un árbol sin hojas, canales, puentes, árboles, un barco de carga, un caballo, un semáforo. Nadie mira hacia afuera. El foco de atención de los pasajeros se reduce a la minúscula pantalla de un celular. Todo parece trivial en esa letanía silenciosa en la que se desplaza el mundo de los adultos. Pero cuando mi hijo empieza a nombrar con entusiasmo cada cosa por su nombre, es como si se despertaran y recobraran vida. 

domingo, 8 de noviembre de 2015

el mundo mágico de los 3


Un conejo llamado Sushi vive en la terraza de casa. A mis 44 años soy incapaz de reconocerlo o quizá él se esconda de mí. Mi hijo de tres años lo ve perfectamente; conoce sus rutas de memoria y le lleva zanahorias cada día. Largas conversaciones tiene con él. A veces se le escapa por la escalera o se le escabulle entre las margaritas y tenemos que ir a buscarlo. En esos momentos vuelvo a ser capaz de percibir a Sushi con sus largas orejas, sus ojos inquietos, su nariz suspendida en un constante temblor. Su piel es tan suave que me dan ganas de volver a la cama grande de mi abuela materna y pedirle que me cuente una historia. A diferencia del conejo de Alicia, Sushi vive distendido y los relojes no lo persiguen. No se trata de un conejo inglés. Quizá se trate de un conejo latino de la época en que nadie corría detrás de los tranvías. Muchas veces he intentado sacarle una foto, pero ante el ojo de la cámara, su imagen desaparece. 

miércoles, 24 de diciembre de 2014

imágenes de la cotidiana


Gotas de lluvia y una ráfaga de sol en la ventana. Rosas con pétalos de limón en la mesa. Mi hijo me alcanza una crayola y me pide que le dibuje una pera. Suena un tema de Armin van Buuren. Me pongo a cocinar una pasta. Mi hijo se resbala, se golpea la boca y se abre el labio. Llora mucho. Lo contengo con un trozo de algodón que se va tiñendo de rojo. Me contengo para no llora. Respiro hondo para estar entera, a su lado. 
Un baño con el pato de goma es su mejor consuelo. 

de regreso a casa


Domingo otoñal. Restos de sol de un verano que persiste en el reflejo de las hojas. En el calendario rojo pegué un corazón y le dije a Fabrizio: Hoy vuelve papá. Él se sonrió y me dio un abrazo. Chris llegó de Shanghai a las nueve de la noche con un ramo de rosas por nuestro aniversario. Ahora sí. La casa está otra vez completa. 

el velatorio


Por la ventana entraba este sol que se resiste a soltar el verano; una luz que le daba vida a cada mueble, a cada foto que la abuela conservó hasta último momento. Se fue con 97 años y una privilegiada lucidez. En el rostro se le veía una expresión tranquila; como si no se hubiera resistido a morir. La piel amarilla como una hoja de otoño, los labios morados, y las manos cruzadas como si la respiración se hubiese suspendido en un rezo. Una foto de Fabrizio sobre la mesa de luz la miraba de cerca, sentado en una mesa del café Leonidas, al lado de un florero de tulipanes naranjas. A los pies de la cama, un dibujo de su bisnieta de 5 años, decía: “Oma rust in vrede” “La abuela descansa en paz”. 
La última vez que Rebeca visitó a su bisabuela, la vio tan mal, que enseguida le pidió a Dios que le hiciera un lugarcito en el cielo. La gran abuela estaba pronta para marchar. En la tarjeta que nos enviaron para el entierro decía: “geen bloemen” “sin flores”. No eran necesarias. Rebeca las había hecho en su dibujo de despedida. 

un haiku dedicado a la abuela Maat

Luz de otoño
sobre los ojos cerrados
de la abuela





otoño 2014


Hojas secas se deshacen en las manos de Fabrizio. Una manta de otoño cubre su peluche favorito; un pequeño puercoespín. Todavía me cuesta asociar este mes del año con la caída de las hojas. Para mí setiembre era tiempo de cometas, de flores asomándose en los jardines del sur. El otoño holandés también tiene su magia. Esos bosques de árboles desnudos, tupidos de hojas a sus pies, me inspiran despojamiento, transformaciones, esa esencia poética que tiene la naturaleza y que tanto me estimula a escribir. Hoy, 3/9/14/, sucedió lo que tenía que suceder: La abuela Maat se despidió de nosotros. Ahora su espíritu baila entre las hojas.

jueves, 29 de mayo de 2014

danza cotidiana


Ahora comprendo esas interminables telas agitándose con los movimientos de las bailarinas; los pies frenéticos arrugándolas y volviendo a estirarlas. Las manos se agitaban como alas debajo de las telas.  Recién ahora puedo captar el sentido de aquellos movimientos repetitivos que la coreógrafa alemana Susanne Linke creó en su obra, Frauen Ballet. Esas mujeres danzando el ritual de las tareas cotidianas me fascinaron cuando las vi en el teatro  Solís por primera vez. Me inspiraron a viajar hasta Alemania en el 89 y estudiar danza en Essen. En aquella época sólo tenía veinte años. El tiempo se estiraba como una cuerda de goma inquebrantable. Me daba el lujo de dejar pasar los trenes que se me antojaran y de quedarme horas divagando con la imaginación recolectando hojas secas y castañas a los pies del andén. Era demasiado joven para comprender la esencia de esa danza, la concentrada sustancia que transmitían esas mujeres que evocaban los rituales que hoy realizo cada día por mi hijo y por nosotros: cambiar pañales, calentar leche, hacer puré de papas y remolacha, picar zanahorias, cortar trozos de manzana, lavar ropa continuamente, dar de comer a mi hijo en los horarios clásicos, hacer mandados cada día con el cochecito, leerle un cuento, hacer un puzzle, cantar las canciones que me pide, decirle que no cada vez que se acerca a los enchufes, consolarlo con un largo abrazo cada vez que llora, reírnos juntos cuando los osos se esconden detrás de su cama, rayar un papel con lápices de colores, meter a mi hijo en la bañera con el balde y el pato de goma, levantar los juguetes del suelo, recoger el arroz desparramado por debajo de la mesa, ir a jugar un rato al parque, mirar una y mil veces la misma historia del perro Dribbel. Estos ritos cotidianos se repiten casi siempre en un mismo orden y a un ritmo staccato. Esta danza no acaba nunca. El telón sólo se cierra a la hora de dormir. Y el único e intransferible sentido de todo esto es ser testigo del crecimiento de un hijo, dejando el Yo a un costado durante la mayor parte del tiempo. Un desafío. Un milagro. Un cielo desbordado de estrellas que se te caen encima. Una ola que te revuelca en la arena y cuando te levantás, vuelve a envolverte y a llevarte hasta la próxima orilla. Un despertar y darte cuenta que tu hijo ya camina. Un despertar y darte cuenta que le diste el pecho hace no tanto. Un despertar y darte cuenta que haber estado embarazada duró lo que dura un sueño. Una aventura al borde del abismo, una travesía audaz, desafiante, agotadora. La más bella experiencia que me revela lo que soy capaz de dar. 

(dedicado a Susanne Linke, Pina Bausch, Amaya Lubeigt, y a las mamás de este mundo) 

lunes, 7 de abril de 2014

tejidos de la noche


En medio de la noche. Cuando el silencio se hace aún más profundo y las calles están apenas iluminadas, regreso cada jueves de dar clases en Rotterdam, y me encuentro a los mismos patos vagando por el parque (creo que son los mismos) pero quién sabe. Atraviesan la noche como yo. Tranquilos y despojados de expectativas. Es bajo ese cielo azul marino donde los colores de las cosas se intensifican, los sonidos se apagan, los aromas de la precipitada primavera estallan y me llenan de inspiración. A veces, hasta me cuesta dormir. Mis noches no están pobladas de fantasmas. Mis demonios no tienen nada que ver con la oscuridad o con la luz. Se asoman desde muy lejos, desde muy en lo profundo en mi inconsciente y sin que yo les de permiso, echaron sus oscuras semillas hace mucho tiempo, pero elegí no regarlas, dejarlas a un costado cosechando la calma, la intensidad y el silencio de las noches. Y es esa hora del café y del remanso donde mi mente recapitula los hechos del día: Qué de nuevo hizo mi hijo, en qué momento estuve de mal humor y por qué, por dónde paseamos juntos, qué compartí con mi esposo, qué tareas hice y cuáles quedaron por hacer. Mi hijo tiene un libro que se titula: In midden van de nacht (en medio de la noche). No hay texto, sólo imágenes a las que uno puede agregar palabras, historias, si es que lo necesita. Pero las imágenes ya tejen su propia noche llena de personajes: Parejas que sacan al perro a pasear, jóvenes en bicicleta, una mujer dormida en un balcón, un hombre leyendo un libro con una linterna, un tren nocturno llegando a la estación a las 22:15, niños que duermen en su dormitorio, gatos trepados a un árbol, una ardilla bañándose en una fuente, el dueño del Hotel de Gans entrando las sillas y las mesitas puestas en la vereda. Ahora, la noche se me presenta con las ramas de los árboles acariciando la ventana, y La novela luminosa de Levrero apoyada sobre la falda, mientras espero la llegada de mi esposo, dispuesta a que la inspiración deje sus pinceladas en esta noche de abril.   

viernes, 14 de marzo de 2014

campanas


La niebla de esta mañana recorta casas, árboles, iglesias. La ciudad se desdibuja en esa densidad blancuzca y el agua de los canales se vuelve intensamente gris. Las distancias se acortan, las bicicletas a contra mano me sorprenden, la mirada no alcanza a ir muy lejos, pero las ocultas campanas siguen estando ahí y se hacen escuchar.

jueves, 13 de marzo de 2014

retorno al mar


El mar se siente tan poderoso que no hay forma de escapar, me devuelve a la profundidad del silencio, a la certeza del presente, y retorno a ese lugar de mí donde no hay espacio para los fantasmas, donde los ruidos de la mente inquieta se callan y un segundo se respira eterno. Las manos hundidas en la arena, mi hijo a mi lado descubriendo esa nueva textura, mi esposo también sentado frente al mar. Los tres bajo el infinito cielo azul de este día. Y mi espíritu agradecido vuela con las cometas de esta temprana primavera. 

domingo, 9 de marzo de 2014

la magia del momento


Domingo desbordado de sol. La sombra de un árbol se proyecta en el césped del parque: ¿Trazos de una pintura contemporánea? Empiezan a brotar algunos capullos; soplo de primavera al final de un tibio invierno. ¿Qué pasó con la nieve este año? Las fachadas de las casas reviven bajo la intensa luz del día. Una niña intenta capturar una pompa de jabón bajo la sombra del árbol. Se escuchan gaviotas por todas partes. Siempre me traen saludos del mar.  

domingo, 9 de febrero de 2014

en el aire


Me gustaría entender aunque sea uno de los tantos caracteres chinos que veo en el periódico de la pasajera que está sentada a mi lado. Es un largo vuelo hacia un mundo distinto pero no tanto. Lo vertiginoso es “alejarme” de mi hijo. Haberme “desprendido”, aunque sólo sea por unos días. Hay un puente de aire que se tiende entre nosotros y en él caben infinitos abrazos de luna llena. Necesitaba “alejarme” para volver y estar más cerca. Necesitaba alejarme para volver con las alas renovadas. Todavía estoy a muchas horas, a muchos cielos de Shanghai. Pero ya empiezo a escribir, como una forma de respirar, como una forma de vivir. La escritura es un viaje hacia la luz que empecé el primer día en que nací. Como si los astros los hubieran sabido antes que yo. Aunque desconocía las palabras, no era difícil escribir. Un grito, un cordón umbilical desangrándose, una flor, un llanto, una mariposa, un árbol, un violín, una caricia, un caracol, una herida, un paraguas azul, una sonrisa, una lluvia de otoño, una nube de pájaros rondando un campanario, y todas las lunas de los siglos de los siglos, son la esencia de escribir. 

misterios del devenir


Como si lo hubiera sabido, como si hubiese presentido la llegada de este vuelo, me llegó justo a tiempo el libro que necesitaba leer dentro de un sobre humildemente cerrado, sin palabras ni colores ni postales que me distrajeran, y al abrirlo, el poeta Chuang-Tzu se asomó como un sol,  traducido por Octavio Paz.

domingo, 7 de julio de 2013

trozos de lecturas


Tarde de verano. La cocina huele a café. Una cereza en la boca, la nariz pegada a la ventana, unas palomas revolotean entre las higueras de los vecinos de abajo, un tema de Yann Tiersen suena en los parlantes, un libro abierto como una mariposa me espera en el sofá. Retomo la lectura hasta que pierdo de vista a mi hijo; girando por el suelo llegó hasta la otra punta del living. Dejo una página en remojo, voy detrás de Fabrizio esquivando cubos de madera y lo aparto de unos cables peligrosos. 

Es la hora de la siesta y mi hijo duerme. Me reencuentro con mi libro, dejo que el escritor me hable como si lo conociera, como si estuviéramos tomando un largo café en una estación de tren donde los relojes se detienen para regalarnos este tiempo.

“Si te acordaras, antes de sentarte a escribir, que fuiste un lector mucho antes de ser un escritor... Basta con que te metas esta idea en la cabeza, te sientes muy tranquilo y te preguntes, como lector, qué tipo de obra, entre todas, le gustaría leer a Buddy Glass, si pudiera elegirla con el corazón. El próximo paso es terrible, pero tan sencillo que casi no puedo creerlo mientras lo escribo. Te sientas sin ninguna inhibición y lo escribes tú mismo”.  (Seymour: Una introducción de J.D. Salinger)

viernes, 21 de junio de 2013

despertándonos


Un café por la mañana, sábanas limpias para la cuna, nubes remolonas en el cielo.

domingo, 9 de junio de 2013

desde la butaca


Ahora me toca a mí, contemplar, admirar y aplaudir la fuerza, la energía, la belleza de la niñez. Ayer vimos bailar a nuestro amigo Tijn de nueve años y mi infancia en los escenarios volvió como una lejana golondrina.

vuelos cotidianos


Una madre corre entre los árboles 
con los brazos abiertos como un pájaro. 
Y su niña, detrás de ella.

domingo, 2 de junio de 2013

mundos simultáneos


Una mujer de pelo rojo golpea una alfombra contra un muro, un cuervo se sacude las alas, una bicicleta naranja pasa volando por el parque, dos chicos juegan a la pelota, una mujer de pantalones anchos y lentes de sol revisa su cartera, dos palomas posadas en el respaldo de un banco buscan algo de comer, se escuchan instrumentos de viento, y detrás de los árboles un tranvía atraviesa la ciudad; es todo lo que sucede mientras le doy la mamadera a Fabrizio en esta tarde soleada.