domingo, 3 de diciembre de 2017

los gatos de la cabaña

Algunas noches me quedaba a esperarlo. Sentada bajo la tenue luz de las lámparas, con un café y un libro de Murakami. Instalada en el silencio de la isla. Abrazando a la noche cerca de la ventana. Afuera, una luna colgada del cielo, abría caminos entre los árboles. Caminos de luz que facilitaban el regreso de los gatos. Les habíamos invadido la casa,  entonces, lo menos que podíamos hacer por ellos era cuidarlos. El acuerdo con nuestros amigos suecos, había sido ese: cuidarles los gatos a cambio de una semana en la cabaña y un pequeño barco para hacer las compras en la isla de Marstrand. Me lo había tomado muy a pecho. Creo que uno de los gatos también se lo había tomado en serio, y se dejaba mimar a gusto. Él, o su estómago, tenía un sentido de la hora muy particular. Volvía siempre de sus andanzas cotidianas cerca de las doce de la noche. Entraba por la ventana que le dejábamos abierta, me miraba fijo con sus ojos verdes que brillaban en medio de la penumbra, y enseguida se arrimaba a mis piernas. Si ya me había acostado, no tenía ni el menor problema en ir a buscarme. Pegaba un salto a la cama y empezaba a ronronear; era su forma de recordarme de que estaba muerto de hambre. Ibamos a la cocina, le preparaba la comida, y por lo general ya me quedaba desvelada. Ese era el momento en que las páginas del libro de Murakami me seducían otra vez. Me hacía un café y me entregaba a la novela: “Crónica del pájaro que da cuerda al mundo”. Curiosamente en esta historia también hay un gato que tiene su importancia en la trama y un personaje que siempre lo está buscando. Aunque confieso que el gato de la cabaña que siempre regresaba a las doce de la noche, más que un gato, parecía un perro faldero. Después que terminaba de comer, se acurrucaba a mis pies, esperándome a que terminara con la lectura. Cuando me iba a acostar, me seguía el paso hasta detenerse en la cama de Fabrizio, y ese era su lugar favorito para dormir, a los pies de la cama de nuestro hijo. Del otro gato, apenas conocimos su sombra. Nunca estaba en casa, cuando nosotros estábamos. Pero su plato de comida, siempre estaba vacío. 


2 comentarios:

  1. Ah qué bonita la historia,tan cotidiana,tan mágica a la vez!
    besitos Ale!

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  2. Gracias Alejandra por estar siempre, ¡gracias por leer y compartir tus impresiones!
    Cálido abrazo desde el invierno holandés

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