martes, 18 de abril de 2017

como si flotara en el mar

Me dejo abrazar por las primeras horas de la mañana, como si flotara en el mar mirando el cielo boca arriba. Me entrego al silencio del comienzo del día que todavía es una página en blanco. Mi cabeza va más rápido que el cuerpo. Como si le molestara el silencio y se propusiera llenarlo de ruidos. Hace hasta lo imposible por distraerme. Mis músculos están aún adormecidos. Ayer de noche tuve un sueño interrumpido, Fabrizio se despertó varias veces pidiendo ayuda para ir al baño. Mi cuerpo es todo lo contrario a mi cabeza, ama al silencio, tanto como a la música, y en cuanto lo palpa se distiende, se entrega, y es justo ese el momento en que se genera un espacio propicio para escribir. Pero primero tengo que respirar hondo y calmar a “la loca de la casa,” esa cabecita que se dispara como una bala y sin rumbo fijo, y que es sólo una reacción contra el cansancio cotidiano. El acto de pensar con claridad y organizarme el día con sensatez, es lo opuesto, y sólo lo logro una vez que la mente aterriza en mis huesos, y se deja guiar por la musa que va tejiendo las horas del día. Ella sí sabe qué es lo conveniente, cuándo es el instante exacto de recoger la fruta madura, recién caída del árbol. 

El sol se refleja en las flores de la ventana, se anima a entrar a casa y se instala sin pedir permiso en la fotografía que cuelga de la pared. Una ranura de luz se abre camino entre los árboles. Un amarillo intenso se mezcla con los distintos tonos de verdes de las hojas. La foto abandona su estado de ser pasivo, me invita a entrar, a escuchar sus pájaros, a oler la humedad de las hojas, y a sentir la brisa en la cara. Me siento en un banco de ese parque de París, descubro un triciclo olvidado entre los árboles, y escucho voces en francés. Ocupo dos lugares al mismo tiempo: uno cerca de la ventana de casa y otro en el parque. Y en ambos, saboreo mi café matutino y me pregunto: -¿Cómo estará mi hermana? 
Le envío un mensaje de texto preguntándole: -¿Cómo estás?
Horas más tarde me responde con otra foto. Una imagen digital que aparece en el teléfono. Es ella misma en un hospital y su hija recién nacida. A mi hermana se la ve con ojeras violetas y la piel transparente por las noches sin dormir, pero su mirada irradia una luz que me recuerda una vez más, lo grandioso que es el momento de parir. 


                                                    (dedicado a mi hermana, Martina) 

lunes, 3 de abril de 2017

el Album


Un viaje en tren en medio de la lluvia. Atravesamos campos, pueblos, alguna que otra iglesia antigua perdida entre los bosques. A mi hijo le encanta nombrar las cosas que él descubre del otro lado de la ventanilla: un perro perdido en el campo, un molino girando a todo viento, una vaca que nos mira sorprendida, un canal lleno de patos. En la mitad del viaje saco de la mochila un viejo álbum que me devuelve a un tiempo de hace 27 años atrás. Fabrizio se sorprende al verme en fotos en blanco y negro. Me reconoce. Bailando a mis diecinueve años en Alemania. Me reconozco, más allá de las distancias. El pelo más largo, el cutis más terso, menos arrugas en la frente, y una expresión dramática en la mirada que interpreta una coreografía del pasado. Mi “danza” ha cambiado mucho desde aquel entonces, cuando sólo vivía para bailar, cuando vivir me daba pánico y el escenario era un mundo “más manejable”. Ahora la vida es una danza en sí misma en cada momento y en cada lugar. Estoy aprendiendo a bailarla; a veces a los tropiezos, nunca fui demasiado práctica, pero otras veces los movimientos fluyen con la intensidad de las olas, y me dejo llevar en ese mar envolvente del día a día con sus soles y sus lluvias. No sé si vivir me da menos miedo que antes. Pero lo que sí sé, es que el miedo ya no es mi patrón. Lo atravieso a pulmón y de la mano de Dios. Rezar a consciencia es el anti depresivo más eficiente y sano que hasta hoy encontré. Pedir por serenidad antes de tomar una decisión. Pedir por lucidez en medio de la confusión en vez de dejarme llevar por el primer arrebato emocional. Pedir por valor, cuando estoy por atreverme a hacer algo nuevo. Pidiendo y pidiendo, rezando y actuando, el miedo se va haciendo a un costado, igual que mi sombra al caminar, su fuerza se debilita, me hago de coraje, y la mirada sobre las cosas pega un giro inesperado. En lugar de detenerme a pensar en lo que no funciona, me pongo en movimiento con lo que sí está en marcha y va hacia adelante, como las ruedas de este tren. Entonces, mis “coreografías” cotidianas ya no son tan dramáticas, ni tan pesadas, como las de mi época en Alemania. Vivo una intensa gama de emociones que me atraviesan; son una melodía finita pegada al oído que se me va metiendo hasta en los huesos. Soy capaz de sentirme alegre y melancólica al mismo tiempo; contenta de este paseo en tren con mi hijo que toma su jugo de manzana, mientras saboreo un capuchino y le muestro las fotos; melancólica por la danza de la lluvia que desdibuja los paisajes del otro lado de la ventanilla. Nostálgica porque sin dudas el tiempo ha pasado, llevándose mis diecinueve años entre otras tantas cosas. Contenta de vivir ahora, con menos miedo y más valor. Agradecida de poder acompañar y apoyar a mi hijo en su crecimiento. Feliz por la culminación de un nuevo poemario y la aventura de buscar editorial. Agradecida de seguir escribiendo. El viaje hacia la casa de los abuelos holandeses ya se está por acabar. Fabrizio guarda en su mochila un auto azul con el que estuvo jugando hace un rato. Ha parado de llover. Las nubes le abren camino a un hilo de sol. El verde de los campos brilla aún más bajo una manta de gotas iluminadas por la luz. Y el álbum de fotos ensambla el pasado con el presente, recordándome quién fui, recordándome el tiempo y el esfuerzo que me llevó llegar hasta aquí, y ser quien soy. Aquellas fotos-raíces-recuerdos me alientan a seguir y a atreverme a ser quien quiero ser. 



miércoles, 29 de marzo de 2017

primavera a full

Se lanzó una mañana y sin previo aviso. Estalló de golpe como esta primavera que se esparce en el cielo salpicándonos de azules intensos.  Así nos despertó el domingo pasado con una sonrisa en la cara desbordada de sol. Él había podido, esta vez, vestirse solo. Y ni se me ocurra ayudarlo con una media porque se ofende. A sus cuatro años él puede, él es capaz de ponerse los pantalones y de venir a sacudirnos las sábanas a las seis de la mañana. Que un hecho tan “simple” como poder vestirse haga tan feliz a un niño, deja en evidencia la automatización cotidiana a la que nosotros, los adultos, nos hemos acostumbrado. Costumbres, rituales, ritmos necesarios para poder hilvanar el día a día. Un millar de acciones se acumulan a lo largo de 24 horas. Y cada una de ellas tiene un valor intransferible, lo reconozcamos o no, son la nota musical que hace la diferencia de cada día. Cada vez me detengo a mirar los movimientos de un viejo, lo que le cuesta ponerse el abrigo, sacarse el sombrero, estirar los brazos hacia el cielo, no podría decirse que el acto de caminar por la ciudad, sea algo por lo que “no debiera” ponerme contenta. Y la maestra de Fabrizio que me cuenta que él ya se larga en la bicicleta por el patio de  la escuela, pedalea y pedalea mundos que se van abriendo, y la primavera a full barriendo las sombras del invierno, se acerca a nosotros y las terrazas de los bares recuperan sus colores, la gente con menos ropa y una cara más despejada, como si nos animáramos, aún más despiertos, a mirar cada cosa que va apareciendo en el camino; una muñeca de trapo perdida en el parque, una ventana que se abre, una niña que salta a la cuerda, un globo rojo que se pierde entre los árboles, un joven que habla con su teléfono móvil, mientras mira a una muchacha balanceando sus caderas. La primavera y sus aromas intensos, me animan, me invitan, me empujan a salir de la cueva invernal, me empujan a salir de mí. 

lunes, 20 de marzo de 2017

El hipopótamo amarillo



Sábado de lluvia. Desayuno con Fabrizio. Queso, pan, leche, café, pasta de maní y miel sobre la mesa. Una vela encendida, al lado de una pequeña vasija de cerámica, llena de agua. Unas margaritas, que Fabrizio había recogido para su padre el día anterior, todavía flotan en el agua. La lluvia no se detiene, las horas tampoco, el lavarropas gira y gira coma la rueda gigante del Parque Rodó. 

Un libro de poemas de Circe Maia abierto sobre mis rodillas, mientras Fabrizio pinta en silencio y con  buena concentración un hipopótamo amarillo. Sus ojos se zambullen en ese mundo de verdes, azules y amarillos, nadando con entusiasmo y dedicación. Interrumpo la lectura un segundo, miro los globos y la torta que Fabrizio acaba de dibujarle al hipopótamo para su cumpleaños, “hoy cumple cien”, me dijo, abriendo los ojos a más no poder. 

“¿Dónde está papá?, me preguntó luego, “de viaje”, le respondí, “¿y cuándo vuelve?”, “en unos días”.

El hipopótamo amarillo se enfermó y tuvimos que llevarlo al hospital. Un grupo de abejas se reunió a contar cuántos pétalos tiene una flor. Una mariposa voló tan alto que alcanzó a tocar la sonrisa del sol; todavía está escondido entre nubes y lloviznas. Con gotas de poesía y dibujos la lluvia se pasa rápido, y la tarde se impregna de colores, de aventuras de animales, y del sabor de otro café que acabo de preparar. 

miércoles, 8 de marzo de 2017

Poemas de invierno (2)


II.

Narcisos en la ventana, la lluvia contra el vidrio, 
un auto del otro lado de la niebla,
un invierno más. Horas que vuelan como gaviotas 
y se esfuman, como las miradas que vienen
y se van, dejando huellas sutiles en la memoria. 


III. 

Un té de menta, el calor de la taza entre las manos,
una música portuguesa acariciando en voz baja, 
mi hijo entregado al sueño, al costado de la luna,
un libro de Roberto Bolaño sobre la falda,
una manta por debajo y a media luz me entrego
a una intensa lectura. 


IV.

Caminata entre los bosques
de la mano, al costado del invierno, 
vamos esquivando las sombras de los árboles,
detrás del pálido sol, como quién caza una mariposa,
un poco charlando, un poco en silencio,
buscamos tiempos de reencuentros, 
creamos espacios de descanso.


V.

En el bar, sin alcohol,
bajo la luz de una vela,
el sabor del café en los labios,
la intensa mirada de un amigo,
y toda su verdad. 
La escucha distendida 
y la confianza de estar, sin evadirme, 
con los huesos presentes,
los sentidos despiertos, 
recibiendo una historia
que no es la mía, pero que se le parece tanto.
Experiencia de vida de un amigo y sus tropiezos, 
tan parecidos a los míos, y sus aciertos, 
que también reflejan algo de mí.
Escucho en silencio, danzo con el tiempo 
que fluye como el agua de una cascada, 
y en el momento de decir adiós,
y en el instante de volver a casa,
algo en mí, empieza a transformarse. 


VI. 

A pie, en bicicleta o en tren,
a contra lluvia, a contra viento,
atravesando los grises del invierno,
salpicados de toques de sol
seguimos caminando,
y en estos días de puro invierno,
cuando cae la tarde, cuando cesa el trabajo,
no hay nada más acertado, después de tanta
lluvia en el cuerpo, que volver a casa,
y entregarme al abrazo 
de los que me están esperando. 

miércoles, 18 de enero de 2017

poemas de invierno


Luz de invierno 
abrazo intenso 
en la estación
al decir adiós. 

viernes, 25 de noviembre de 2016

un lugar para la poesía


El martes 15 de noviembre la Universidad de Tilburg le abrió una puerta a la poesía. Se animó a acercarse al campo de las emociones y me permitió motivar a sus alumnos a escribir poemas en español. Trabajamos con materiales visuales de la fotógrafa uruguaya, Fernanda Montoro y el pintor brasileño, Milton Camilo. ¡Un hermoso desafío! Un momento de conexión y de crecimiento. Gracias a la poesía tuve la oportunidad de conocer a un grupo de jóvenes talentosos. Jóvenes que se atrevieron a conectarse con sus sentimientos y escribieron poemas maravillosos. Un gran agradecimiento y un abrazo para ellos con esta nueva edición de la Lupa. 

(On Tuesday, November 15, the University of Tilburg opened a door to poetry and allowed me to motivate students to write poems in Spanish. We work with visual materials of the Uruguayan photographer, Fernanda Montoro and the Brazilian painter Milton Camilo. A beautiful challenge! A moment of connection and growth. Thanks to the poetry I had the opportunity to meet a group of talented young people. Young people who dared to connect with their feelings and wrote wonderful poems. Thank you very much and a hug for them with this new edition of la Lupa)






                                    En medio de la niebla
                                    Perdida una mujer 
                                    Descubre su animal espiritual
                                    En un ciervo
                                    Alerta y sensible
                                    El bosque le mostro su verdadero yo

                                    Fjoraldo Yzeiri

                                    Fotografía: Fernanda Montoro







                                            
                                   Un día más
                                   Un niño, sin comer, sin agua
                                   Los ojos llenos de esperanza
                                   Un día más
                                   Que espera una sonrisa
                                   Un día más
                                  
                                  Huub de Bruijn
                                  
                                  Cuadro: Milton Camilo.