martes, 16 de octubre de 2018

Poemas de emigrante


IV


“Tenían un lugar”
en aquella exposición
de espléndidas fotos.
Con turbantes de colores, 
piel morena empalidecida 
por la falta de sol, y ojos tristes. 


Lejos de África, lejos del sol 
que se esconde detrás de las Acacias,
mientras las cebras y las jirafas dejan sus huellas 
sobre la tierra roja al cruzar los caminos.
Lejos de ritmos, aromas diferentes, 
sabores de otras frutas,
colores y animales de otros paisajes. 


Buscan un lugar donde vivir mejor,
apretados en apartamentos viejos de Amsterdam, 
sin luz, ni gas, ni calefacción.
Nos miran con ojos perdidos
a través de una foto.
Bañeras antiguas desbordadas de ropa
que mujeres con turbantes lavan a mano,
bajo la luz de unas velas. 


Sin luz, ni gas, ni calefacción, 
sombras que se derriten en los muros 
y en el silencio agrietado por la indiferencia.
El invierno holandés 
se filtra por los muros de las casas,
penetra marcos de ventanas
y huesos cansados. 


Buscaban una nueva vida, 
un lugar donde ser,
pero “son” parte de un mural,
parte de una exposición de fotos 
de primera calidad que denuncian
cómo muchos Africanos, ¿viven o sobreviven?
en el “primer mundo”. 


No pretendo “darles un lugar”
ni en las raíces, ni en las hojas
de este poema.
Simplemente, comparto mi impotencia, 
y los abrazo con estos versos. 

domingo, 30 de septiembre de 2018

poemas de emigrante


III

Llueve. 
Soy una gota más entre la gente, 
los árboles, y el gato que me mira
desde el alféizar de una ventana.

Escucho un mosaico de voces
idiomas diferentes que expresan lo mismo: 
un sueño, un deseo, un adiós, 
un abrazo debajo de un paraguas.

Pedaleando en la bici
la lluvia tamborilea
en el piló que llevo puesto.

La ciudad y sus geranios mojados,
huelen diferentes
bajo la tarde gris. 

Me detengo en un café.
Me siento en una mesa
debajo de un toldo.

Pido un té de jengibre 
con una manta 
en las rodillas.

Una niña rubia me saluda 
sacudiendo
una serpentina azul.

Una mujer me sonríe
con un mar de arrugas 
en la cara, y un girasol en la mano.

Dos jóvenes, sentados en una mesa
frente a la mía, huelen una porción
de tarta de manzana, intercambian
unas miradas conmigo, y se sonríen.

Cada uno, a su manera, 
me da la bienvenida
en este día lluvioso.

Y me recuerdan
que soy una parte de ellos,
que soy una gota más de lluvia,
y que nunca fui, ni seré, en ninguna parte,
una extranjera. 

martes, 25 de septiembre de 2018

poemas de emigrante



II

El presente se cruza con el pasado.
Apenas los separa 
la fragilidad de una mirada.

Mi hijo y sus primeras lecturas en holandés,
“Daan is daar”,
me devuelve a aquel tiempo, ¿lejano?

Las galletitas María 
con dulce de leche
en la casa de la abuela Chela.

Los jazmines del abuelo Ciro
cortados de su jardín
y puestos sobre la mesa.

Los juegos en el patio de la escuela:
a la mancha, a la escondida, a la rayuela.

La memoria une 
lo que aparentemente se disgrega:
mares, épocas, lugares, personas,

que ya son parte de mis huesos,
y me dan alas para atravesar
sombras y silencios.

Soy un mapa atravesado 
por la gente que me abraza
con sus miradas, 

o que me cuestiona con sus palabras
y me obliga a pensar:
¿Qué estoy haciendo? ¿Hacia dónde voy?

¿En qué persona me quiero transformar? 
Sigo moldeándome como la tierra húmeda,
después de la caída de la lluvia.

Rehaciéndome un poco aquí, un poco allá. 
Asumiendo las dos tierras, 
la de origen y la de raíces nuevas. 

viernes, 24 de agosto de 2018

poemas de emigrante


I


A veces tan cerca
de una mirada en un café,
de un gesto que me recibe
como si adivinara lo que pienso
y leyera cada uno de mis movimientos,
al elegir un lugar cerca de la ventana.

En frente a mi mesa
una mujer me da las gracias
en otro idioma, inclinando la cabeza,
cuando le alcanzo el monedero 
que se le cayó al suelo. 

Este es el momento y el lugar
donde quiero estar
donde me siento abrazada
contenida
reconociendo
las huellas de aquí
y de allá. 

Sulla riva del canale



Se ne stavano lì, sul canale,
fluttuanti in un punto impreciso dell'acqua,
senza impegnarsi ad andarsene altrove,
mossi dall'inerzia
di quel caldo pomeriggio,
un paio di cigni installati
nel cuore della primavera,
occupati a ciò che la stagione
chiede loro ogni anno; partorire i piccoli,
prendersene cura, nutrirli tutti i giorni.

        Traducción de un fragmento del poema, Al borde del canal: 
        P A T R I Z I A  F I L I A 
            www.deluiaardvrouwe.nl

lunes, 25 de junio de 2018

al borde del canal


Estaban ahí, sobre el canal,
flotando en un punto indefinido del agua,
sin prometer partir hacia ninguna parte, 
dejándose llevar por la inercia 
de este caluroso medio día, 
un par de cisnes instalados 
en el centro de la primavera,
dedicados a lo que la estación 
les pide cada año; parir sus crías,
cuidar de ellas, darles el alimento de cada día.

La sombra de los árboles se mece en el agua,
los cisnes pequeños se acercan a la madre,
el padre está alerta, se acerca al borde del canal, 
por si las dudas, y me toma desprevenida,
sin pan en los bolsillos, sin bolsas llenas de migas,
sólo con el ojo de la cámara del iphone. 

Apenas me acerco, no quiero ilusionarlos 
con migas de pan que ahora no tengo. 
Sólo vengo a robarles una imagen, 
apenas un “momento detenido en el tiempo”, 
una bella imagen de lo que son o de lo que parecen ser; 
lejos, muy lejos de lo que realmente son; 
ese respirar continuo, ese aleteo de alas al viento 
(¿cuántas veces por segundo?) 
ese atravesar las aguas, las estaciones, 
los tiempos que se expanden a través de los hijos.

No traigo pan y lo lamento; sólo el ojo frío de mi cámara, 
y a veces, pienso: no quiero ser esto, 
una imagen en Facebook, una sonrisa en WhatsApp, 
una mirada en Instagram. Me resisto a serlo, 
pero honestamente, también lo soy. 

¿Quién se escapa? ¿Quién se salva de serlo?
Soy, en parte, una imagen, 
como la foto del cisne que me llevo a casa.
Pero me resisto a ser “sólo esto”, 
una mirada detrás de una pantalla, 
y por eso no dejo escapar el momento de abrazar, 
el bendito momento de decir: te quiero. 

Y no me privo de gozar del ritual del café cara a cara 
con alguien a quien aprecio. 
Tocar, abrazar, respirar, sentir el viento en la cara,
la tensión de los muslos al caminar, 
la respiración agitándose con cada paso, 
la mirada sobre el verde de los bosques 
o en la aparente quietud del lago. 

Acepto, asumo y convengo con internet ser por momentos, 
sólo lo que puedo ser a través de su pantalla; 
una minúscula parte de mí, una minúscula representación 
de tiempo y lugar que se traslada, casi que por toque de magia, 
en una décima de segundo de un lugar a otro. 

jueves, 15 de marzo de 2018

pájaros

En la copa de un árbol 
del otro lado del canal,
los pájaros tejen sonidos
que envuelven la ciudad.

Como si se hubieran puesto de acuerdo
se lanzan al mismo tiempo,
emprenden un vuelo organizado
dibujan una figura precisa en el cielo 
que me invita a echar la cabeza hacia atrás
para seguir su recorrido 
hasta donde me alcanza la mirada
hasta donde me alcanza la voluntad.

Campanas de domingo resuenan a lo lejos.
Las sombras de las ramas me sorprenden
en el agua, son brazos que nadan
hacia alguna parte, espejo de nosotros mismos
zambullidos en el agua cotidiana, 
procurando abrirnos el camino de cada día.

Los pájaros se han diluido en el aire de la tarde,
las campanas de domingo se han apagado,
y el sol se esconde detrás de las casas,
 dejando huellas moradas en las nubes.