martes, 18 de julio de 2017

vestida de blanco







Lunes por la mañana. Una franja de luz se desliza sobre la mesa del comedor. Las cosas parecen animarse bajo un manto de luz ámbar. Es el primer día de vacaciones de Fabrizio. Desayunamos juntos. La mañana nos sacude la pereza con su luz intensa. El día está aún abierto, lleno de horas por saborear, y es éste el momento de hacerlo. A Fabrizio se le han dibujado unos bigotes blancos con la espuma de la leche. Toma una servilleta y dice que se va a limpiar frente al espejo. Su espejo es el vidrio de la puerta del horno. Vuelve a la mesa con cierto gesto triunfante. -Mami, ¿ya terminaste?-me pregunta. -Todavía no -le respondo, mientras continúo tomando té verde. Fabrizio se queda mirándome, como si quisiera decir algo más, pero se va. Vuelve a la mesa, se sienta al lado de mí con sus bloques de Lego, y se pone a construir un helicóptero rojo. 
-Es para el “egel” -me dice, mezclando el español con el holandés. 
El “egel” es un pequeño erizo que acompaña a Fabrizio desde que nació. Es su peluche favorito. Recojo las tazas del desayuno y las llevo a la cocina. La luz se ha desplazado de lugar; ya no reposa sobre las frutas, se abre camino sobre el Jardin du Palais, una foto hecha por nuestra amiga Fernanda Montoro que cuelga de la pared del comedor. Fabrizio está terminando de hacer el helicóptero, sus dedos se mueven con gran agilidad a la hora de construir, hace una pausa, me mira y me sorprende con esta pregunta: 
-Mami, ¿te vas a casar algún día?
-Ya estoy casada, -le respondo con una sonrisa- con tu papá.
-Ya lo sé. Pero yo no pude ir a la boda. Todavía no había nacido. 
Se me transformó la cara. Un intenso calor me recorrió el cuerpo, como si me hubiera sumergido en una bañera de agua caliente y aceites de lavanda. 
-Mami, yo también quiero verte vestida de blanco.
Lo abracé. Le di un beso en cada mejilla.
-El año que viene con tu papi cumplimos diez años de casados. Te prometo una fiesta y me voy a vestir de blanco.
-¿Como las novias de verdad?
-Sí; como las de verdad. 
-¿Y van a haber globos, torta y piñata? 
-Vamos a ver. Todavía falta un año.

Mi vestido de novia cuelga de una percha en el altillo. Son casi diez años intensos. Movidos. De mucho aprendizaje y crecimiento. Nada semejante a una película de Hollywood. Y eso es lo que más agradezco; debajo del vestido blanco, carne y hueso, llantos y sonrisas, en la vida del día a día, momentos sublimes, desencuentros, buenos y malos humores, confrontamientos, reconciliaciones, abrazos, viajes, discrepancias, acuerdos, una vida en común que se va tejiendo y ahora también con los hilos de Fabrizio, con su huella personal que crece y se hace cada vez más presente. 


                               (relato dedicado a: Fabrizio Maat y Fernanda Montoro) 


viernes, 14 de julio de 2017

miradas sobre Róterdam



Un café en el segundo piso 
un ventanal que da a la entrada de la estación
sentada como en el palco de un teatro, 
sigo un mundo en movimiento mientras saboreo un café.


A mi derecha, la boca del metro y un grupo de jóvenes 
se dejan llevar por la escalera mecánica, descienden 
al mundo subterráneo de los metros y los sueños,
construidos después de la segunda guerra mundial. 

Desde arriba, la gente se ve pequeña, 
escurriéndose por todas partes. 
Algunos ni caminan, despliegan alas detrás del tren
como si fuera el último, como si se les fuera el aliento. 

Me reconozco en esta “pequeñez” humana, 
corriendo detrás de las horas. Otros se desplazan tranquilos. 
Y sus sombras bailan con ellos.Vienen de paseo, su andar es liviano, 
y sus miradas saltan de un lugar a otro, sin rumbo fijo.

Un muchacho anclado en medio del hall.
Lleva pantalón corto y sombreo al estilo cowboy 
con una mochila azul y una cámara colgada al cuello.

¿Esperará a alguien? ¿Lo vendrán a buscar? 
Su cara gira de un lado a otro
como un faro en medio de la noche.  

Nada queda de la vieja estación; ni humo ni huellas. 
Róterdam, ciudad ave fénix, 
después del último bombardeo. 

martes, 11 de julio de 2017

la segunda piel


No hay nada más bello que la lluvia, a la hora de escribir.
El verano holandés es desparejo. Puede saltar de un sol radiante a un día gris sin previo aviso. Aprendí a aceptarlo y lo disfruto como se presenta. Me han pedido que escriba un resumen de mi historia personal. Desde el comienzo hasta el día de hoy. Tiene que entrar en un marco de lectura de 20 minutos. Puede estar escrita en holandés o en inglés. Elegí la lengua de este país; se ha transformado en mi segunda piel. La voy a compartir en Róterdam con un grupo de gente que me merece toda confianza. El objetivo no es hacer de mí ni un héroe de película, ni una víctima. Se trata de compartir quién fui, quién soy, hacia dónde quiero ir, cuál es mi visión, cuál es mi actitud en la vida. Compartir honestamente de lo que me arrepiento y de lo que me siento agradecida. Mi historia, como la de cualquier otra persona, no es excepcional; está llena de heridas que se van cerrando en la medida que crezco, y sobre ellas nacen flores de un aroma y una textura indescriptibles. Mi vida, como la de cualquier otra persona, está poblada de días con sus lunas y soles, está poblada de inviernos con sus lluvias y tormentas, de veranos con sus mares y noches estrelladas. En estos 45 años cometí muchos errores. Hoy no tengo pudor en admitirlo. También tuve aciertos. El error más grande fue el haberme alejado de mí misma y de los que más quiero. No me refiero a un alejamiento geográfico, sino afectivo. Fueron momentos de alienación. Pero ya fueron. Los aciertos me los reconozco en silencio y dejo que otros hablen de ellos o no. Vuelve la lluvia a golpear las ventanas, como música de fondo, y un piano la intercede mientras escribo, el viento sacude las hojas de los árboles, en el parque se dibujan sobre el césped siluetas recortadas por las sombras, el aire fresco entra por las ventanas. 




viernes, 7 de julio de 2017

entre el cielo y el mar


Está ahí
en cada momento
en cada lugar
en la sombra del árbol
en la raíz
hundida en la tierra
en la mirada
que completa una frase
en la música
que vibra en la piel
en la mano extendida
como un río
el milagro está ahí
en el oído que recibe
una voz quebrada
por las lluvias
por los tropiezos
que forjan un destino
lo veamos o no
está en la pluma
que transpira letra
en la caricia 
que enciende la mirada
en un gesto 
que no se olvida
está en la palabra
que deja huellas
en la nieve
en el silencio
que anticipa el abrazo
en la luna suspendida
entre el cielo y el mar 




martes, 4 de julio de 2017

despójame



























Caen los días
como hojas de calendario
que se va despojando 
de nosotros en silencio, 
nos vamos yendo 
como la lluvia, el viento, 
el otoño y sus hojas
deslizándose por las veredas,
no somos más que eso,
hojas sopladas por el viento,
y ser consciente de esto,
me mantiene despierta,
alerta, con las ventanas abiertas
para dejar entrar veranos y primaveras,
para darlo todo, todito y más, 
que no hay nada que valga la pena
llevarse de muerto, y cuando me duermo,
que suelo hacerlo con frecuencia, 
porque esa es la esencia de un soñador,
sacúdeme, despiértame, no temas en hacerlo, 
no temas sacudirme las sábanas 
y soplarme en la cara, así como el viento
le sacude a los árboles sus hojas,
no temas y hazlo, aunque me enoje, 
tú sabes cómo hacerlo,
aunque te gruña, será sólo por un momento,
no tengas miedo de decir 
lo que no me gusta escuchar,
que tengo que despertar, que la vida es corta y fugaz, 
un amor condescendiente no cosecha, 
ni recoge siembra, sólo adormece, mata, empobrece, 
desnúdame, despójame, confróntame, 
como la tormenta sacude al mar, 
no le temo a tu mirada, ni a tus palabras sinceras,
cuando se entregan, cuando me despojan,
de lo que me sobra. 
                                                          
                                                                   dedicado a Chris 

martes, 27 de junio de 2017

tonos de voz

Después del almuerzo.  Me siento frente a la computadora y me entrego como quién lanza sus dedos por las teclas de un piano. Es el momento del café, la música, y la Lupa. 
Concierto No. 1 para piano y orquesta de Tchaikovski. Recorro con la mirada la mañana de hoy y reconozco que me desperté de mal humor. Poco dormida y levantada a destiempo. Enseguida sentí la presión de las agujas del reloj y las 8:30, hora en que Fabrizio entra a la escuela, persiguiéndome por la cocina mientras preparaba el desayuno para los dos. Cuando estoy de mal humor, me cambia el tono de voz, y aunque formule y emita la frase más “cariñosa del mundo”, como ser: “amor, el desayuno está pronto”, la voz con que lo digo refleja una tensión que deforma el significado de la frase y contagia a Fabrizio mi pésimo humor. Entonces los dos nos irritamos mutuamente, casi sin poder evitarlo. Al principio, la mañana fue así, mal humorada, llena de tropiezos entre el té y las tostadas del desayuno, y los preparativos de la merienda que Fabrizio se lleva para la escuela. Esos son los momentos en que no logro ser la madre que me gustaría ser. Y aunque soy consciente de mis tonos de voz punzantes, no es tan fácil cambiarlos. La sensación es la de haberme caído en un par de zapatos chicos que me aprietan los pies, y con ese dolor me obligo a correr por toda la casa, como si el el apuro y el mal humor pudieran controlar lo incontrolable; el tiempo. Recién cuando logramos llegar a la escuela, un par de minutos antes de que empezara la clase, ahí se aflojó mi voz, y pude despedirme de Fabrizio con tranquilidad. Él también estaba mucho más sereno. En casa me preparé un café, cerré los ojos, respiré profundo y detecté los cambios de voz que había tenido esta mañana. Me quedé como diez minutos respirando en silencio para asentarme en la voz de buen humor que había empezado a recuperar en la escuela y que es la voz de la persona que quiero ser.  No me culpo porque sé que nadie puede tener las 24 horas del día la voz de un ángel. Termino de meditar, me sirvo un vaso de agua, y me pongo a hacer la tarea más aburrida que existe en el mundo: Administración. Confieso que después de hacerla, me siento un ser medianamente responsable, y por ahí viene la recompensa, además de los efectos positivos que tiene esta acción sobre nuestra realidad como familia. Después de unas horas entre papeles, números y facturas, vuelvo a respirar hondo, me pongo a escuchar el concierto de Tchaikovsky, y me lanzo a trabajar un poema. Estoy haciendo un mosaico sobre Róterdam. Una ciudad con un encanto muy distinto al de Ámsterdam pero que se merece una serie de poemas. la Lupa parirá el primero, la semana que viene. En un rato vuelvo a la escuela con la voz renovada, gracias a este lugar. Mi lugar; el de una hoja en blanco y algo apretado adentro que tiene que salir a luz. 





martes, 13 de junio de 2017

verano en Delft


Hoy es una tarde en la que parecería que nadie tiene apuro. 
La gente se desplaza por las callecitas con aire distendido, es que el verano florece en cada esquina, y una abuela con su nieta le dan trozos de pan a los patos, una muchacha lee un libro sentada al borde de un canal, una pareja de jóvenes italianos comen helados debajo de un árbol. Si tuviera una lapicera y un papel me pondría a escribir. Como no los tengo, grabo estas imágenes en mi iPhone para transcribirlas a la lupa. Camino por el borde del canal, una brisa fresca me acaricia la cara, saboreo una frambuesa debajo de la lengua, y sigo recolectando imágenes que se me cruzan: Un barco lleno de turistas pasa por debajo de un puente, una mujer con una capelina amarilla, como si se hubiera escapado de un cuadro de Renoir, me saluda desde la proa con un pañuelo en la mano. Quizá sea este aire distendido o la falsa despreocupación de la época en que no tenía un hijo, lo que a veces extraño; sin embargo, en aquellos tiempos siempre estaba preocupada por algo, cuando en realidad se trataban sólo de fantasmas revoloteando en mi cabeza, cosas inconsistentes, incomparables con la vida de un hijo. Es extraña la sensación de que un hijo nunca está lejos, de que ocupa un espacio dentro de uno constantemente. Fabrizio está ahora con su padre en la clase de Taekwondo. Una parte de mí disfruta del paseo, de un tiempo libre, y otra parte está con él o él está conmigo. Su cara pequeña y sus ojos vivaces son una foto grabada a fuego en la memoria. Su mirada de niño curioso viene y se va como las olas, y se acompasa con colores, aromas, y sonidos de esta tarde de verano en Delft.