viernes, 18 de agosto de 2017

atardecer en Klåverön






Del otro lado del mar, el pueblo de Marstrand y su castillo se ven pequeños. Las luces del crepúsculo se cuelan entre las ramas de los arbustos reflejándose en los arándanos y las frambuesas. En el cielo una franja de luz recorta las nubes transformándolas en colinas doradas. El silencio no es silencio; es canto de pájaros y viento soplando las hojas. El sol se hunde en el horizonte. Las nubes que formaban colinas doradas se convirtieron en cenizas de plomo por encima de una franja de fuego. Es el final del atardecer. El castillo a lo lejos se ve más oscuro. Gestos y miradas de algunos amigos se me aparecen y los recuerdo sin pensar en nada concreto. Simplemente “los traigo” un segundo a este rincón de la isla.

martes, 15 de agosto de 2017

de regreso





Son las 21:30. El sol se derrite en el mar. La luz de la noche es todavía muy intensa y me mantiene despejada. Así son los veranos suecos; apenas una franja de oscuridad se interpone entre las doce de la noche y las cinco de la madrugada. El resto de las horas están desbordadas de luz. De vuelta en la isla de Klåverön, a veinte minutos de la isla de Marstrand, después de 6 años de haber estado en este lugar. Otra vez en la cabaña de madera gris camuflada entre las rocas, oculta entre los arbustos. De regreso al árbol cuyas raíces se mezclan con los cimientos de la casa. El silencio deja hullas profundas donde los sonidos de la naturaleza se duplican; el viento en las hojas, los grillos en las noches estrelladas. En esta isla empecé a escribir los haikus que hoy forman parte del poemario La voz del viento. Hay lugares que se quedan con algo de mí. Regresar es reencontrarme con esa parte que me faltaba. Pero no soy la misma de hace seis años atrás. Nada termina de completarme. Nada termina de completarse. Siempre hay una cáscara más que se rompe y me despoja de lo que fui. Y los vacíos se van llenando a letra y pulmón. 

miércoles, 9 de agosto de 2017

detrás de la cámara



                                                 Fotografía: ©Fernanda Montoro



Viernes de lluvias. Cerrando la semana con un cielo encapotado por donde no se cuela ni una pizca de azul. La cama grande poblada de imágenes, como si cada una formara parte del acolchado. Fabrizio y yo miramos una colección de fotos de cuando él recién había nacido: Fabrizio de tres meses en el cochecito en un café de Delft, mientras yo leía un libro a su lado; en brazos de su padre en una playa de la isla de Rodas; en brazos de su tía Martina, al lado del pino navideño. Fabrizio con un año y medio dando sus primeros pasos en la casa de la abuela de Chris, cuando ella aún vivía. Él se mira a sí mismo fascinado, esbozando una media sonrisa cada vez que le cuento una historia de sus primeros años. Cuando acabamos de mirar las fotos, las guardamos en una caja y bajamos a preparar la merienda. Puse a hervir agua para un té. Busqué en un estante un paquete de galletas María. Fabrizio se paró enfrente a la fotografía Jardin du Palais  y se quedó mirándola un buen rato. -Mami, ¿y yo dónde estoy? -En esa foto no estás. -le respondo, con una caricia en el pelo. -¿Y de quién es el triciclo? -No lo sé. Quizá sea de otro niño. -Un niño que se lo olvidó en el parque.-dijo Fabrizio con mirada pensativa. -¿Y quién hizo la foto? -Nuestra amiga Fernanda. -¿Y dónde está Fernanda? -Del otro lado de la cámara. Fabrizio me miró con una expresión desborda de asombro. Y después de un breve silencio, me dijo: -Mami, ¿dónde está el iPad? yo también quiero hacer una foto. 



                                                   Dedicado a Fernanda Montoro y Fabrizio Maat.