martes, 18 de julio de 2017

vestida de blanco







Lunes por la mañana. Una franja de luz se desliza sobre la mesa del comedor. Las cosas parecen animarse bajo un manto de luz ámbar. Es el primer día de vacaciones de Fabrizio. Desayunamos juntos. La mañana nos sacude la pereza con su luz intensa. El día está aún abierto, lleno de horas por saborear, y es éste el momento de hacerlo. A Fabrizio se le han dibujado unos bigotes blancos con la espuma de la leche. Toma una servilleta y dice que se va a limpiar frente al espejo. Su espejo es el vidrio de la puerta del horno. Vuelve a la mesa con cierto gesto triunfante. -Mami, ¿ya terminaste?-me pregunta. -Todavía no -le respondo, mientras continúo tomando té verde. Fabrizio se queda mirándome, como si quisiera decir algo más, pero se va. Vuelve a la mesa, se sienta al lado de mí con sus bloques de Lego, y se pone a construir un helicóptero rojo. 
-Es para el “egel” -me dice, mezclando el español con el holandés. 
El “egel” es un pequeño erizo que acompaña a Fabrizio desde que nació. Es su peluche favorito. Recojo las tazas del desayuno y las llevo a la cocina. La luz se ha desplazado de lugar; ya no reposa sobre las frutas, se abre camino sobre el Jardin du Palais, una foto hecha por nuestra amiga Fernanda Montoro que cuelga de la pared del comedor. Fabrizio está terminando de hacer el helicóptero, sus dedos se mueven con gran agilidad a la hora de construir, hace una pausa, me mira y me sorprende con esta pregunta: 
-Mami, ¿te vas a casar algún día?
-Ya estoy casada, -le respondo con una sonrisa- con tu papá.
-Ya lo sé. Pero yo no pude ir a la boda. Todavía no había nacido. 
Se me transformó la cara. Un intenso calor me recorrió el cuerpo, como si me hubiera sumergido en una bañera de agua caliente y aceites de lavanda. 
-Mami, yo también quiero verte vestida de blanco.
Lo abracé. Le di un beso en cada mejilla.
-El año que viene con tu papi cumplimos diez años de casados. Te prometo una fiesta y me voy a vestir de blanco.
-¿Como las novias de verdad?
-Sí; como las de verdad. 
-¿Y van a haber globos, torta y piñata? 
-Vamos a ver. Todavía falta un año.

Mi vestido de novia cuelga de una percha en el altillo. Son casi diez años intensos. Movidos. De mucho aprendizaje y crecimiento. Nada semejante a una película de Hollywood. Y eso es lo que más agradezco; debajo del vestido blanco, carne y hueso, llantos y sonrisas, en la vida del día a día, momentos sublimes, desencuentros, buenos y malos humores, confrontamientos, reconciliaciones, abrazos, viajes, discrepancias, acuerdos, una vida en común que se va tejiendo y ahora también con los hilos de Fabrizio, con su huella personal que crece y se hace cada vez más presente. 


                               (relato dedicado a: Fabrizio Maat y Fernanda Montoro) 


viernes, 14 de julio de 2017

miradas sobre Róterdam



Un café en el segundo piso 
un ventanal que da a la entrada de la estación
sentada como en el palco de un teatro, 
sigo un mundo en movimiento mientras saboreo un café.


A mi derecha, la boca del metro y un grupo de jóvenes 
se dejan llevar por la escalera mecánica, descienden 
al mundo subterráneo de los metros y los sueños,
construidos después de la segunda guerra mundial. 

Desde arriba, la gente se ve pequeña, 
escurriéndose por todas partes. 
Algunos ni caminan, despliegan alas detrás del tren
como si fuera el último, como si se les fuera el aliento. 

Me reconozco en esta “pequeñez” humana, 
corriendo detrás de las horas. Otros se desplazan tranquilos. 
Y sus sombras bailan con ellos.Vienen de paseo, su andar es liviano, 
y sus miradas saltan de un lugar a otro, sin rumbo fijo.

Un muchacho anclado en medio del hall.
Lleva pantalón corto y sombreo al estilo cowboy 
con una mochila azul y una cámara colgada al cuello.

¿Esperará a alguien? ¿Lo vendrán a buscar? 
Su cara gira de un lado a otro
como un faro en medio de la noche.  

Nada queda de la vieja estación; ni humo ni huellas. 
Róterdam, ciudad ave fénix, 
después del último bombardeo. 

martes, 11 de julio de 2017

la segunda piel


No hay nada más bello que la lluvia, a la hora de escribir.
El verano holandés es desparejo. Puede saltar de un sol radiante a un día gris sin previo aviso. Aprendí a aceptarlo y lo disfruto como se presenta. Me han pedido que escriba un resumen de mi historia personal. Desde el comienzo hasta el día de hoy. Tiene que entrar en un marco de lectura de 20 minutos. Puede estar escrita en holandés o en inglés. Elegí la lengua de este país; se ha transformado en mi segunda piel. La voy a compartir en Róterdam con un grupo de gente que me merece toda confianza. El objetivo no es hacer de mí ni un héroe de película, ni una víctima. Se trata de compartir quién fui, quién soy, hacia dónde quiero ir, cuál es mi visión, cuál es mi actitud en la vida. Compartir honestamente de lo que me arrepiento y de lo que me siento agradecida. Mi historia, como la de cualquier otra persona, no es excepcional; está llena de heridas que se van cerrando en la medida que crezco, y sobre ellas nacen flores de un aroma y una textura indescriptibles. Mi vida, como la de cualquier otra persona, está poblada de días con sus lunas y soles, está poblada de inviernos con sus lluvias y tormentas, de veranos con sus mares y noches estrelladas. En estos 45 años cometí muchos errores. Hoy no tengo pudor en admitirlo. También tuve aciertos. El error más grande fue el haberme alejado de mí misma y de los que más quiero. No me refiero a un alejamiento geográfico, sino afectivo. Fueron momentos de alienación. Pero ya fueron. Los aciertos me los reconozco en silencio y dejo que otros hablen de ellos o no. Vuelve la lluvia a golpear las ventanas, como música de fondo, y un piano la intercede mientras escribo, el viento sacude las hojas de los árboles, en el parque se dibujan sobre el césped siluetas recortadas por las sombras, el aire fresco entra por las ventanas. 




viernes, 7 de julio de 2017

entre el cielo y el mar


Está ahí
en cada momento
en cada lugar
en la sombra del árbol
en la raíz
hundida en la tierra
en la mirada
que completa una frase
en la música
que vibra en la piel
en la mano extendida
como un río
el milagro está ahí
en el oído que recibe
una voz quebrada
por las lluvias
por los tropiezos
que forjan un destino
lo veamos o no
está en la pluma
que transpira letra
en la caricia 
que enciende la mirada
en un gesto 
que no se olvida
está en la palabra
que deja huellas
en la nieve
en el silencio
que anticipa el abrazo
en la luna suspendida
entre el cielo y el mar 




martes, 4 de julio de 2017

despójame



























Caen los días
como hojas de calendario
que se va despojando 
de nosotros en silencio, 
nos vamos yendo 
como la lluvia, el viento, 
el otoño y sus hojas
deslizándose por las veredas,
no somos más que eso,
hojas sopladas por el viento,
y ser consciente de esto,
me mantiene despierta,
alerta, con las ventanas abiertas
para dejar entrar veranos y primaveras,
para darlo todo, todito y más, 
que no hay nada que valga la pena
llevarse de muerto, y cuando me duermo,
que suelo hacerlo con frecuencia, 
porque esa es la esencia de un soñador,
sacúdeme, despiértame, no temas en hacerlo, 
no temas sacudirme las sábanas 
y soplarme en la cara, así como el viento
le sacude a los árboles sus hojas,
no temas y hazlo, aunque me enoje, 
tú sabes cómo hacerlo,
aunque te gruña, será sólo por un momento,
no tengas miedo de decir 
lo que no me gusta escuchar,
que tengo que despertar, que la vida es corta y fugaz, 
un amor condescendiente no cosecha, 
ni recoge siembra, sólo adormece, mata, empobrece, 
desnúdame, despójame, confróntame, 
como la tormenta sacude al mar, 
no le temo a tu mirada, ni a tus palabras sinceras,
cuando se entregan, cuando me despojan,
de lo que me sobra. 
                                                          
                                                                   dedicado a Chris 

martes, 27 de junio de 2017

tonos de voz

Después del almuerzo.  Me siento frente a la computadora y me entrego como quién lanza sus dedos por las teclas de un piano. Es el momento del café, la música, y la Lupa. 
Concierto No. 1 para piano y orquesta de Tchaikovski. Recorro con la mirada la mañana de hoy y reconozco que me desperté de mal humor. Poco dormida y levantada a destiempo. Enseguida sentí la presión de las agujas del reloj y las 8:30, hora en que Fabrizio entra a la escuela, persiguiéndome por la cocina mientras preparaba el desayuno para los dos. Cuando estoy de mal humor, me cambia el tono de voz, y aunque formule y emita la frase más “cariñosa del mundo”, como ser: “amor, el desayuno está pronto”, la voz con que lo digo refleja una tensión que deforma el significado de la frase y contagia a Fabrizio mi pésimo humor. Entonces los dos nos irritamos mutuamente, casi sin poder evitarlo. Al principio, la mañana fue así, mal humorada, llena de tropiezos entre el té y las tostadas del desayuno, y los preparativos de la merienda que Fabrizio se lleva para la escuela. Esos son los momentos en que no logro ser la madre que me gustaría ser. Y aunque soy consciente de mis tonos de voz punzantes, no es tan fácil cambiarlos. La sensación es la de haberme caído en un par de zapatos chicos que me aprietan los pies, y con ese dolor me obligo a correr por toda la casa, como si el el apuro y el mal humor pudieran controlar lo incontrolable; el tiempo. Recién cuando logramos llegar a la escuela, un par de minutos antes de que empezara la clase, ahí se aflojó mi voz, y pude despedirme de Fabrizio con tranquilidad. Él también estaba mucho más sereno. En casa me preparé un café, cerré los ojos, respiré profundo y detecté los cambios de voz que había tenido esta mañana. Me quedé como diez minutos respirando en silencio para asentarme en la voz de buen humor que había empezado a recuperar en la escuela y que es la voz de la persona que quiero ser.  No me culpo porque sé que nadie puede tener las 24 horas del día la voz de un ángel. Termino de meditar, me sirvo un vaso de agua, y me pongo a hacer la tarea más aburrida que existe en el mundo: Administración. Confieso que después de hacerla, me siento un ser medianamente responsable, y por ahí viene la recompensa, además de los efectos positivos que tiene esta acción sobre nuestra realidad como familia. Después de unas horas entre papeles, números y facturas, vuelvo a respirar hondo, me pongo a escuchar el concierto de Tchaikovsky, y me lanzo a trabajar un poema. Estoy haciendo un mosaico sobre Róterdam. Una ciudad con un encanto muy distinto al de Ámsterdam pero que se merece una serie de poemas. la Lupa parirá el primero, la semana que viene. En un rato vuelvo a la escuela con la voz renovada, gracias a este lugar. Mi lugar; el de una hoja en blanco y algo apretado adentro que tiene que salir a luz. 





martes, 13 de junio de 2017

verano en Delft


Hoy es una tarde en la que parecería que nadie tiene apuro. 
La gente se desplaza por las callecitas con aire distendido, es que el verano florece en cada esquina, y una abuela con su nieta le dan trozos de pan a los patos, una muchacha lee un libro sentada al borde de un canal, una pareja de jóvenes italianos comen helados debajo de un árbol. Si tuviera una lapicera y un papel me pondría a escribir. Como no los tengo, grabo estas imágenes en mi iPhone para transcribirlas a la lupa. Camino por el borde del canal, una brisa fresca me acaricia la cara, saboreo una frambuesa debajo de la lengua, y sigo recolectando imágenes que se me cruzan: Un barco lleno de turistas pasa por debajo de un puente, una mujer con una capelina amarilla, como si se hubiera escapado de un cuadro de Renoir, me saluda desde la proa con un pañuelo en la mano. Quizá sea este aire distendido o la falsa despreocupación de la época en que no tenía un hijo, lo que a veces extraño; sin embargo, en aquellos tiempos siempre estaba preocupada por algo, cuando en realidad se trataban sólo de fantasmas revoloteando en mi cabeza, cosas inconsistentes, incomparables con la vida de un hijo. Es extraña la sensación de que un hijo nunca está lejos, de que ocupa un espacio dentro de uno constantemente. Fabrizio está ahora con su padre en la clase de Taekwondo. Una parte de mí disfruta del paseo, de un tiempo libre, y otra parte está con él o él está conmigo. Su cara pequeña y sus ojos vivaces son una foto grabada a fuego en la memoria. Su mirada de niño curioso viene y se va como las olas, y se acompasa con colores, aromas, y sonidos de esta tarde de verano en Delft. 


jueves, 8 de junio de 2017

un retrato a mi madre


El cuarto de la máquina de coser se veía cubierto de una nebulosa. 
Una pared repleta de fotos de nosotras, las hijas que estamos lejos, 
y de los nietos que tampoco están en Uruguay. Hay libros y partituras por todas partes. Cosas que evocan otros tiempos y acompañan a mi madre, incluyendo una foto antigua que siempre vuelve a la memoria: mamá a los tres años en blanco y negro, con toques sutiles de color rosa en las mejillas, simulando un leve maquillaje. El pelo recogido a los costados con dos moñas de terciopelo, un bordado en el cuello del vestido, y una mirada de mar congelada en el tiempo, que ya al comienzo de aquella infancia, revelaba un dolor amordazado. Esta es la foto que me recuerda que mamá antes de hacerse madre, fue niña, y después una adolescente que soñó quimeras, y cuando quiso acordar, tenía el vientre redondo, desbordado de vida, también en el extranjero, sonriéndole al ojo de la cámara se sostenía la panza con las manos, parada enfrente a la Catedral de Colonia. Y dentro de ella estaba yo; flotando aún en el silencio, desconociendo lo que había afuera de su cuerpo. 

En medio de la niebla y los recuerdos estaba mi madre, sentada detrás de la tabla de dibujo, escuchándome en silencio ayer de noche, con la misma profundidad en la mirada que la de la foto de su infancia, como si una parte de ella nunca hubiera querido o podido terminar de romper el cascarón. Su mirada de niña-madre-abuela atraviesa distancias y tiempos. Y por momentos se vuelve más nítida y me recibe a través de la pantalla del I pad. Su piel está poblada de cansancios, como una tela que se ha remendado infinitas veces. Esa fue mi oportunidad para mirarla con otra mirada y disculparme por mis errores. Yo también los había cometido con ella. Durante años me obsesioné con sus fracasos en lugar de reconocer los míos. Su respuesta fue, que ya lo había olvidado. Y cuando le pregunté qué podía hacer por ella, me pidió que fuera feliz, lo humanamente posible, y que diera lo mejor de mí. “Te veo bien -me dijo, antes de despedirnos- y eso me da cierta paz”.  La escuché en silencio. Hice un gesto de afirmación con la cara frente a la pantalla y le sonreí con ojos húmedos. La noche abrazaba los silencios y las distancias desde este otro lado del Atlántico. Detrás de la ventana, la caída de la lluvia se había llevado todas mis palabras. 

martes, 30 de mayo de 2017

botellas

Sentada bajo la sombrilla sonrío y veo cómo Fabrizio, tomado de las manos de su padre, se lanza a nadar. Patalea y patalea, avanza y avanza en las aguas del Caribe, donde los pelícanos se zambullen cerca de la gente en busca de su alimento, y el abrazo del mar, tibio y cristalino, siempre está ahí. En pleno momento de éxtasis, una imagen me aterró: Una botella de plástico en la arena; sin tapa y con el cuello al descubierto, apuntaba al cielo. Y enseguida me acordé de lo que la guía del acuario nos había comentado el día anterior: “Si seguimos así en el 2050 las botellas y los residuos de plástico habrán sustituido a los peces”. No pude evitar la imagen de una cabeza, más que humana, monstruosa, abriendo una boca más grande que la de una ballena, vomitando millones de botellas en pleno mar. Lo que antes podría haber sido una figura legendaria, hoy es en una pesadilla. La botella y su mensaje de amor tirado al mar, con la esperanza de que alguien lo reciba, sufre la amenaza de ser sustituida por la desaparición de los peces, y la nostalgia de un mundo marino que puede llegar a desaparecer, si no tomamos conciencia de lo que está pasando en el mar, y hacemos algo. Me levanté de la reposera, caminé hasta el lugar de la botella, y la tiré a la basura. De camino, fui recolectando otras “flores de plástico y cartón” que los humanos tiramos en la arena, sin pensar en sus consecuencias. Cuando volví a la sombrilla, no me sentía un héroe por haber limpiado apenas un fragmento de playa, pero al menos había puesto “un rezo en movimiento”. Mientras levantaba de la arena pajitas de refrescos, vasos, cubiertos, cajas de cigarrillos, entre otros desperdicios, le pedía a Dios que nos diera la luz para despertar, y tomar consciencia de la gravedad de este hecho, y en lugar de echarle la culpa a Él o Ella, o quién quiera que sea Dios, como lo venimos haciendo durante siglos y siglos, tomar de una buena vez la responsabilidad de nuestras acciones por el mar de nuestros nietos. Para que ellos puedan, algún día, nadar mar adentro. 


miércoles, 24 de mayo de 2017

el mar


Me zambullo en el mar, el agua me recibe como si nunca la hubiera abandonado, su sabor otra vez en el paladar, su tibieza sobre la piel, y un mundo de corales sobre la arena, y un par de peces violetas con aletas transparentes escabulléndose entre las rocas. Me entrego, me dejo llevar hasta el fondo, una infinita gama de turquesas se despliegan en el agua, y el sol, allá en lo alto, atraviesa el mar con una luz del color de los nísperos. Las olas se alborotan por encima de mí. Allá abajo, el silencio es absoluto. No hay nada que lo quiebre. Y es como si hubiera vuelto. Aunque sé que es imposible, aunque en la memoria no quede ni rastro de lo que fue, volví por una fracción de segundo a la placenta de mi madre. No me pregunten cómo porque no lo sé. Pero sí me consta que regresé. Sólo por un instante, más breve que un sueño. Si realmente hubo un lugar en la infancia donde me sentía segura fue en el mar. Podía ser yo misma, libre de miedos, expectativas y frustraciones. El mar con sus olas acaparaba toda mi existencia. Entregarme a él, era irresistible. Dejarme llevar por las olas hasta la orilla, volver corriendo a zambullirme en el agua, una y otra vez, como una danza donde la misma secuencia de movimientos se repite sin cesar. Aquel ritual me hacía sentir libre. El presente se ensanchaba como el horizonte y no había más espacio ni para el “molesto” pasado, ni para el “temeroso” futuro. Del otro lado de la orilla, bien lejos de mí, quedaban las angustias por los deberes de la escuela, por las peleas con mi hermana, por los conflictos cotidianos de mis padres. Y en el presente sólo había espacio para las olas, el gusto a sal, el sol, las risas, los juegos con las primas. El mar es infinito y me recuerda lo finita que es la felicidad. Es sólo ese momento fugaz en el que uno está capacitado para tomarla. Gracias a que es sólo ese momento, es que tiene un valor, un contenido, un verdadero sentido que va llenando la vida casi sin que te des cuenta, como los granitos que se filtran por el cuello de un reloj de arena. Hace unos días me zambullí una vez más en el mar, y volví a sentirme tan protegida como en aquellos momentos fugaces de la infancia, y del otro lado de la orilla quedaron otra vez los miedos abandonados a su suerte: el miedo a no poder, el miedo a fallarle a los que más quiero, el miedo a fracasar, el miedo al éxito. Y cuando los miedos quedaron allá lejos, regresó la confianza, quizá tan fugaz como la felicidad pero persistente. Regresa cada vez para dejarme ser. Es una ola que me sostiene, me abraza, me guía, dentro y fuera del mar.

martes, 9 de mayo de 2017

la música de M


Como gotas pequeñas de agua iban llegando sus mensajes, marcando presencia cada día hasta que me animé a llamarla y contarle algo de mí, algo de mi historia que sin habérmelo propuesto, la hizo llorar. Ese fue el momento en que se atrevió a contarme que se acababa de mudar. Antes vivía con su pareja y ahora en un altillo de una casa antigua muy cerca de Amsterdam. Cada día hace un gran esfuerzo por no perder las ganas de vivir, después de haberse separado una vez más. Las palabras de M, aunque son en holandés, me devuelven sin poder evitarlo, un montón de fotos de mi pasado. Reconozco las veces en que me encontré en la misma situación. Y las personas que en aquel momento se mantuvieron cerca, fueron cablecitos a tierra y un hilo al cielo, indispensables para salir de donde estaba. La Navidad pasada recibí la música de M a través de una amiga, y me gustó tanto que se la agradecí personalmente a M. vía WhatsApp. A partir de ese instante, cada mañana recibo una señal de su parte: una foto de unas esculturas en Oslo, una iglesia colonial en Perú, otras mañanas me envía una nueva canción ejecutada con su guitarra, y yo casi siempre le respondo con otras señales, “gracias”, “qué linda música”, o le envío una foto de Fabrizio o de Delft. Sus señales llegan a veces “con atraso”, eso significa que M está viajando. Además de cantar y tocar la guitarra, es azafata. Hace poco recibí una foto suya en un recital. Se había animado a tocar en público, después de mucho tiempo de no haberlo hecho. “Gracias a ti”, -me escribió debajo de la foto. Y yo pensé, “gracias a ellos”, los ángeles que hicieron posible este intercambio, entre su música y mi oído, entre su historia y la buena voluntad de escucharla, como forma de agradecer lo que se me ha dado, y lo que todavía, se me está dando. 

martes, 2 de mayo de 2017

un retrato a mi padre


A veces se lo veía así, como en la foto que tengo pegada en el vidrio de la ventana, con el semblante tranquilo, una mirada profunda hacia alguno de nosotros, y la comisura de los labios dibujando un gesto a medio camino, quizá entre alguna palabra por decir y un esbozo de sonrisa. Esos eran los momentos en que nos podíamos comunicar. Instancias fugaces en las que mi padre no se sentía atacado por el mundo y se expresaba con un tono de voz azul oscuro, sereno como un mar libre de tormentos, articulando cada palabra con claridad, creando un ritmo ameno en su forma de narrar cada historia. Le gustaba hablar con imágenes, como si escribiera en voz alta. Un día me describió la vida como un bosque y un problema cotidiano como un árbol. “Si te quedás fijo en él, perdés la visión del panorama completo”, -me había dicho y me dejó pensando. “Hay que seguir para adelante, mija, hay que seguir” -me decía. 
En la foto se lo ve con el mate en la mano, sentado en el patio trasero de su casa en La Floresta, tras una luz veraniega, formando parte de un momento que si bien no recuerdo, sí puedo ubicarlo en la época a la que pertenece. Es una foto que le sacó mi amigo alemán Herbert, cuando fue a visitarme a Uruguay hace diecinueve años atrás. 

Empezó a llover. Miles de gotas se acumulan en el vidrio de la ventana. Pero la foto de mi padre queda intacta, resguardada dentro de casa, del otro lado del vidrio, y como si por un segundo pudiera regresar, miro sus ojos y comprendo que el tiempo ha pasado, que la vida es un tejido hacia adelante sin interrupciones; nada ni nadie queda congelado, sólo en la intensidad del recuerdo. Mi amigo Herbert murió hace dos años. Mi padre aún está vivo y naturalmente ya no es el mismo. Tampoco soy la misma. Y a la distancia reconozco los errores que cometí con mi viejo. Se me acabó la etapa en la que creía que sólo los padres son los que se equivocan. Yo, como hija adulta, también le erré muchas veces, y reconocérselo a papá por teléfono, aunque sea para empezar a reparar, me reafirma aún más, el camino que quiero seguir. 

miércoles, 26 de abril de 2017

un estado del ser


Había pensado subir al blog una foto de una pintura de Leonora Carrington, y comentar que la semana pasada estuve en una exposición sobre Surrealismo en el Museo Boijman con cuadros de Dalí, Miró, Magritte, entre otros grandes pintores. ¿Pero quién ya no ha visto sus obras? ¿Qué podría decir de nuevo sobre ellos? Absolutamente nada. Por eso vuelvo, humildemente, a mi vivencia cotidiana y comparto cómo las cosas me van resonando en momentos diferentes. El día de hoy no se termina de definir. Es algo vago entre lluvias que vienen, salpican, y se van. Soles que se asoman tímidos entre los árboles, interrumpiendo el recorrido de las nubes, dejan algunas huellas de luz, y vuelven a desaparecer. Fabrizio está de vacaciones y ha decidido que hoy su peluche favorito cumple 15 años. Le ha hecho una torta, ha inflado globos, y ha invitado a sus amigos para hacer una fiesta. Y yo, intento organizarme entre una pila de ropa que tengo acumulada para planchar, un par de traducciones por hacer, el compromiso que asumí de aparecerme con la lupa cada martes, y una reunión que tengo hoy de tardecita en Rotterdam. Pero la empatía que siento por los surrealistas me “obliga” sí o sí, a comentar algo sobre la experiencia del jueves pasado en el museo. Entré en un salón vacío. Sólo había una especie de cilindro rojo ubicado en el centro desde el suelo hasta el techo. Dentro del cilindro se pasaba una película sobre el surrealismo desde sus comienzos con el movimiento de Bretón. Una vez que entré en ese espacio fue como haber caído en una nave espacial. Me disolví de la realidad más tangible y regresé a la esencia más profunda de mí. Tomé conciencia de un estado del ser que ha predominado y que aún predomina muchas veces en mí, sana e insanamente, desde que nací. La irracionalidad. La asociación permanente de ideas que me surgen a partir de las imágenes que se me presentan en la experiencia cotidiana. La necesidad de darles un lugar, es vital. El viaje de los surrealistas me devolvió a casa en menos de diez minutos. Y cuando digo “a casa” no me refiero ni a Montevideo, ni a Delft, ni a ninguna otra parte del mundo, sino a ese estado indefinido del ser que acabo de expresar. Quizá este reloj hecho por Fabrizio en combinación con este texto de Cortázar sinteticen mejor que yo lo que necesito decir. 




  
                                    " Todavía hay tiempo para
                                     imaginar cualquier cosa,
                                     para creer que aparecerás
                                     en cualquier instante, para
                                     incluso creer que me
                                     buscas"

                                                       Julio Cortázar. 
                                                       

martes, 18 de abril de 2017

como si flotara en el mar

Me dejo abrazar por las primeras horas de la mañana, como si flotara en el mar mirando el cielo boca arriba. Me entrego al silencio del comienzo del día que todavía es una página en blanco. Mi cabeza va más rápido que el cuerpo. Como si le molestara el silencio y se propusiera llenarlo de ruidos. Hace hasta lo imposible por distraerme. Mis músculos están aún adormecidos. Ayer de noche tuve un sueño interrumpido, Fabrizio se despertó varias veces pidiendo ayuda para ir al baño. Mi cuerpo es todo lo contrario a mi cabeza, ama al silencio, tanto como a la música, y en cuanto lo palpa se distiende, se entrega, y es justo ese el momento en que se genera un espacio propicio para escribir. Pero primero tengo que respirar hondo y calmar a “la loca de la casa,” esa cabecita que se dispara como una bala y sin rumbo fijo, y que es sólo una reacción contra el cansancio cotidiano. El acto de pensar con claridad y organizarme el día con sensatez, es lo opuesto, y sólo lo logro una vez que la mente aterriza en mis huesos, y se deja guiar por la musa que va tejiendo las horas del día. Ella sí sabe qué es lo conveniente, cuándo es el instante exacto de recoger la fruta madura, recién caída del árbol. 

El sol se refleja en las flores de la ventana, se anima a entrar a casa y se instala sin pedir permiso en la fotografía que cuelga de la pared. Una ranura de luz se abre camino entre los árboles. Un amarillo intenso se mezcla con los distintos tonos de verdes de las hojas. La foto abandona su estado de ser pasivo, me invita a entrar, a escuchar sus pájaros, a oler la humedad de las hojas, y a sentir la brisa en la cara. Me siento en un banco de ese parque de París, descubro un triciclo olvidado entre los árboles, y escucho voces en francés. Ocupo dos lugares al mismo tiempo: uno cerca de la ventana de casa y otro en el parque. Y en ambos, saboreo mi café matutino y me pregunto: -¿Cómo estará mi hermana? 
Le envío un mensaje de texto preguntándole: -¿Cómo estás?
Horas más tarde me responde con otra foto. Una imagen digital que aparece en el teléfono. Es ella misma en un hospital y su hija recién nacida. A mi hermana se la ve con ojeras violetas y la piel transparente por las noches sin dormir, pero su mirada irradia una luz que me recuerda una vez más, lo grandioso que es el momento de parir. 


                                                    (dedicado a mi hermana, Martina) 

lunes, 3 de abril de 2017

el Album


Un viaje en tren en medio de la lluvia. Atravesamos campos, pueblos, alguna que otra iglesia antigua perdida entre los bosques. A mi hijo le encanta nombrar las cosas que él descubre del otro lado de la ventanilla: un perro perdido en el campo, un molino girando a todo viento, una vaca que nos mira sorprendida, un canal lleno de patos. En la mitad del viaje saco de la mochila un viejo álbum que me devuelve a un tiempo de hace 27 años atrás. Fabrizio se sorprende al verme en fotos en blanco y negro. Me reconoce. Bailando a mis diecinueve años en Alemania. Me reconozco, más allá de las distancias. El pelo más largo, el cutis más terso, menos arrugas en la frente, y una expresión dramática en la mirada que interpreta una coreografía del pasado. Mi “danza” ha cambiado mucho desde aquel entonces, cuando sólo vivía para bailar, cuando vivir me daba pánico y el escenario era un mundo “más manejable”. Ahora la vida es una danza en sí misma en cada momento y en cada lugar. Estoy aprendiendo a bailarla; a veces a los tropiezos, nunca fui demasiado práctica, pero otras veces los movimientos fluyen con la intensidad de las olas, y me dejo llevar en ese mar envolvente del día a día con sus soles y sus lluvias. No sé si vivir me da menos miedo que antes. Pero lo que sí sé, es que el miedo ya no es mi patrón. Lo atravieso a pulmón y de la mano de Dios. Rezar a consciencia es el anti depresivo más eficiente y sano que hasta hoy encontré. Pedir por serenidad antes de tomar una decisión. Pedir por lucidez en medio de la confusión en vez de dejarme llevar por el primer arrebato emocional. Pedir por valor, cuando estoy por atreverme a hacer algo nuevo. Pidiendo y pidiendo, rezando y actuando, el miedo se va haciendo a un costado, igual que mi sombra al caminar, su fuerza se debilita, me hago de coraje, y la mirada sobre las cosas pega un giro inesperado. En lugar de detenerme a pensar en lo que no funciona, me pongo en movimiento con lo que sí está en marcha y va hacia adelante, como las ruedas de este tren. Entonces, mis “coreografías” cotidianas ya no son tan dramáticas, ni tan pesadas, como las de mi época en Alemania. Vivo una intensa gama de emociones que me atraviesan; son una melodía finita pegada al oído que se me va metiendo hasta en los huesos. Soy capaz de sentirme alegre y melancólica al mismo tiempo; contenta de este paseo en tren con mi hijo que toma su jugo de manzana, mientras saboreo un capuchino y le muestro las fotos; melancólica por la danza de la lluvia que desdibuja los paisajes del otro lado de la ventanilla. Nostálgica porque sin dudas el tiempo ha pasado, llevándose mis diecinueve años entre otras tantas cosas. Contenta de vivir ahora, con menos miedo y más valor. Agradecida de poder acompañar y apoyar a mi hijo en su crecimiento. Feliz por la culminación de un nuevo poemario y la aventura de buscar editorial. Agradecida de seguir escribiendo. El viaje hacia la casa de los abuelos holandeses ya se está por acabar. Fabrizio guarda en su mochila un auto azul con el que estuvo jugando hace un rato. Ha parado de llover. Las nubes le abren camino a un hilo de sol. El verde de los campos brilla aún más bajo una manta de gotas iluminadas por la luz. Y el álbum de fotos ensambla el pasado con el presente, recordándome quién fui, recordándome el tiempo y el esfuerzo que me llevó llegar hasta aquí, y ser quien soy. Aquellas fotos-raíces-recuerdos me alientan a seguir y a atreverme a ser quien quiero ser. 



miércoles, 29 de marzo de 2017

primavera a full

Se lanzó una mañana y sin previo aviso. Estalló de golpe como esta primavera que se esparce en el cielo salpicándonos de azules intensos.  Así nos despertó el domingo pasado con una sonrisa en la cara desbordada de sol. Él había podido, esta vez, vestirse solo. Y ni se me ocurra ayudarlo con una media porque se ofende. A sus cuatro años él puede, él es capaz de ponerse los pantalones y de venir a sacudirnos las sábanas a las seis de la mañana. Que un hecho tan “simple” como poder vestirse haga tan feliz a un niño, deja en evidencia la automatización cotidiana a la que nosotros, los adultos, nos hemos acostumbrado. Costumbres, rituales, ritmos necesarios para poder hilvanar el día a día. Un millar de acciones se acumulan a lo largo de 24 horas. Y cada una de ellas tiene un valor intransferible, lo reconozcamos o no, son la nota musical que hace la diferencia de cada día. Cada vez me detengo a mirar los movimientos de un viejo, lo que le cuesta ponerse el abrigo, sacarse el sombrero, estirar los brazos hacia el cielo, no podría decirse que el acto de caminar por la ciudad, sea algo por lo que “no debiera” ponerme contenta. Y la maestra de Fabrizio que me cuenta que él ya se larga en la bicicleta por el patio de  la escuela, pedalea y pedalea mundos que se van abriendo, y la primavera a full barriendo las sombras del invierno, se acerca a nosotros y las terrazas de los bares recuperan sus colores, la gente con menos ropa y una cara más despejada, como si nos animáramos, aún más despiertos, a mirar cada cosa que va apareciendo en el camino; una muñeca de trapo perdida en el parque, una ventana que se abre, una niña que salta a la cuerda, un globo rojo que se pierde entre los árboles, un joven que habla con su teléfono móvil, mientras mira a una muchacha balanceando sus caderas. La primavera y sus aromas intensos, me animan, me invitan, me empujan a salir de la cueva invernal, me empujan a salir de mí. 

lunes, 20 de marzo de 2017

El hipopótamo amarillo



Sábado de lluvia. Desayuno con Fabrizio. Queso, pan, leche, café, pasta de maní y miel sobre la mesa. Una vela encendida, al lado de una pequeña vasija de cerámica, llena de agua. Unas margaritas, que Fabrizio había recogido para su padre el día anterior, todavía flotan en el agua. La lluvia no se detiene, las horas tampoco, el lavarropas gira y gira coma la rueda gigante del Parque Rodó. 

Un libro de poemas de Circe Maia abierto sobre mis rodillas, mientras Fabrizio pinta en silencio y con  buena concentración un hipopótamo amarillo. Sus ojos se zambullen en ese mundo de verdes, azules y amarillos, nadando con entusiasmo y dedicación. Interrumpo la lectura un segundo, miro los globos y la torta que Fabrizio acaba de dibujarle al hipopótamo para su cumpleaños, “hoy cumple cien”, me dijo, abriendo los ojos a más no poder. 

“¿Dónde está papá?, me preguntó luego, “de viaje”, le respondí, “¿y cuándo vuelve?”, “en unos días”.

El hipopótamo amarillo se enfermó y tuvimos que llevarlo al hospital. Un grupo de abejas se reunió a contar cuántos pétalos tiene una flor. Una mariposa voló tan alto que alcanzó a tocar la sonrisa del sol; todavía está escondido entre nubes y lloviznas. Con gotas de poesía y dibujos la lluvia se pasa rápido, y la tarde se impregna de colores, de aventuras de animales, y del sabor de otro café que acabo de preparar. 

miércoles, 8 de marzo de 2017

Poemas de invierno (2)


II.

Narcisos en la ventana, la lluvia contra el vidrio, 
un auto del otro lado de la niebla,
un invierno más. Horas que vuelan como gaviotas 
y se esfuman, como las miradas que vienen
y se van, dejando huellas sutiles en la memoria. 


III. 

Un té de menta, el calor de la taza entre las manos,
una música portuguesa acariciando en voz baja, 
mi hijo entregado al sueño, al costado de la luna,
un libro de Roberto Bolaño sobre la falda,
una manta por debajo y a media luz me entrego
a una intensa lectura. 


IV.

Caminata entre los bosques
de la mano, al costado del invierno, 
vamos esquivando las sombras de los árboles,
detrás del pálido sol, como quién caza una mariposa,
un poco charlando, un poco en silencio,
buscamos tiempos de reencuentros, 
creamos espacios de descanso.


V.

En el bar, sin alcohol,
bajo la luz de una vela,
el sabor del café en los labios,
la intensa mirada de un amigo,
y toda su verdad. 
La escucha distendida 
y la confianza de estar, sin evadirme, 
con los huesos presentes,
los sentidos despiertos, 
recibiendo una historia
que no es la mía, pero que se le parece tanto.
Experiencia de vida de un amigo y sus tropiezos, 
tan parecidos a los míos, y sus aciertos, 
que también reflejan algo de mí.
Escucho en silencio, danzo con el tiempo 
que fluye como el agua de una cascada, 
y en el momento de decir adiós,
y en el instante de volver a casa,
algo en mí, empieza a transformarse. 


VI. 

A pie, en bicicleta o en tren,
a contra lluvia, a contra viento,
atravesando los grises del invierno,
salpicados de toques de sol
seguimos caminando,
y en estos días de puro invierno,
cuando cae la tarde, cuando cesa el trabajo,
no hay nada más acertado, después de tanta
lluvia en el cuerpo, que volver a casa,
y entregarme al abrazo 
de los que me están esperando. 

miércoles, 18 de enero de 2017

poemas de invierno


Luz de invierno 
abrazo intenso 
en la estación
al decir adiós.