martes, 19 de septiembre de 2017

retrato a mi amiga L


La noticia resonó como un disparo. No recuerdo si fue en agosto o en setiembre del 2015. Lo que no me olvido es de su última delicada mirada rodeada de lirios. Habían puesto una foto de L en el altar de la iglesia. La había visto muchas veces con esa misma serenidad en el semblante, con ese brillo azul en las pupilas que sostenían la mirada con valentía, sin esquivar los ojos ni los reproches de nadie. 
L era una mujer que se atrevía a decir lo que pensaba y lo que sentía. Nos gustara o no, lo decía. Y lo expresaba con elegancia. La iglesia estaba desbordada de gente que la queríamos mucho. Tuvimos que seguir una fila de más de media hora para mirarla a los ojos por última vez. Cuando me tocó a mí estar enfrente a su foto, una imagen de ella a sus treinta y pico de años, miles de recuerdos me atravesaron en un segundo, como una llovizna de otoño, calándome hasta los huesos, y sentí frío. -¿A dónde va la gente cuando se muere? -me pregunta Fabrizio a veces, y yo no me quedo vacía de respuestas. Simplemente no las tengo. No lo sé. Escribir es una forma de llenar esos vacíos, esas sombras que la gente deja cuando se va. La miré una vez más a lado de sus lirios y le dije que estuviera en donde estuviera, le deseaba mucha paz. L tenía una sensibilidad que me ponía la piel de gallina. Cuando presenté La voz del viento en Róterdam, me dijo: “Quiero comprarte un libro, aunque no entienda ni una palabra en español. Lo que salga de una persona como tú, quiero tenerlo. Y ni se te ocurra regalármelo porque me ofendo". Le acerqué un ejemplar en una mañana soleada de mayo del 2014. Empezó a acariciar las tapas del libro, a oler sus páginas. Su mirada quedó prendida de la foto de la tapa que hizo Fernanda Montoro, y me dijo algo así: “Seguro que tu poesía es como este árbol; pequeña, fuerte, luminosa. Ser poeta no es nada fácil. Vas a tener que resistirlo”. Y en eso estoy. Resistiéndolo con serenidad y agradecimiento. El día en que nos despedimos de L había una niebla tan densa que nos abrazaba a todos, acercándonos lo que parece tan lejos; el cielo. Durante la ceremonia la sentí parada al lado de mí: pequeña, delgada como una espiga de trigo, con la piel cetrina y los ojos rasgados. Su andar liviano le pedía permiso al aire para desplazarse en el espacio. Unos meses antes de su muerte había caído en las garras de una depresión que no le perdonó la vida. Me mantuve cerca de ella hasta su último respiro. Fui fiel a nuestra amistad hasta el final. ¿Existe el final? Siento cómo sus pasos livianos se prolongan en esta página y escuchan el piano que en este momento me acompaña...

dedicado con amor a mi amiga L que en paz descanse



sábado, 16 de septiembre de 2017

poema mañanero (2)



IX

poesía
raíz en la tierra
lugar en el tiempo
miradas que unen
tierra y cielo
mar y montañas
respiro que sopla
en mis pulmones
a la hora del alba
poesía tú me animas
a ser quien soy
y a desnudarme ante
el lector que se atreva 
a sentir a respirar a nadar
mares hondos e inciertos
poesía vida
cuando abro los ojos
y me atrevo a seguir
los hilos del día
desde la salida del sol
hasta las huellas
que la luna va
dejando en el cielo. 


X

huellas del azar
intento hacer algo con ellas
a veces logro algún acierto
otras veces caigo en mi torpeza 
pero siempre me levanto
y pido por fuerza por coraje
para seguir mis huellas
en este camino de ríos inciertos
que se tejen por sí mismos


XI

unas mañanas atrás
había encargado 
un libro por internet;
“El río de papel”
un mensaje comunicaba
que lo recibiría el 6 de octubre
una guiñada del azar 
desvió el pronóstico 
moviendo las fechas del calendario
silencioso y sin previo aviso
“El río de papel” se deslizó
por debajo de la puerta 
el día en que cumplí 46 años


XII

¿pero dónde está 
la mañana de hoy?
¿qué río se la llevó?
¿dónde está la poesía
que quería sacarle 
al frágil instante 
del despertar? 

XIII

¿despierto o me despiertan?
¿sueño o me están soñando?
del otro lado
del sueño
en la vigilia
cae la lluvia
con su canto 
inconfundible
y empaña la ventana
tazas de café y migas de pan
desparramadas por la mesa
trazan caminos distintos
en el comienzo de nuestro día
¿es nuestro?


XIV

desayunamos los 3
Chris está otra vez en casa
aún medio dormida 
suspendida de un hilo
entre la noche y el día
sentí el calor de su cuerpo
entrando a la cama
dejando su huella profunda
a mi lado de madrugada
aterrizando en casa
después de un largo viaje
Y ahora otra vez en la intimidad
de la mañana miradas y risas
vuelan al costado de la lluvia
por encima de las tazas vacías


XV

“El río de papel”
sobre mi falda
respiro cada letra
arremolinándose
con el viento
me acerco a la sombra
de sus árboles
me atraviesan en silencio
¿es el río de Jorge
o el de Javier?
¿es el río de Javier 
o el de Leonardo?
¿es el río del escritor
o el de nosotros
los que lo vivimos? 


  dedicado a: Jorge Menoni. Escritor uruguayo radicado en                                                                  
  Amsterdam. Autor de la reciente novela: “El río de papel” 
















jueves, 14 de septiembre de 2017

en la Estación



© en la Estación: Poemario 2017. Alejandra Darriulat 

©   Fotografía: Fernanda Montoro 

Saldrá, si Dios quiere, muy pronto. 

miércoles, 13 de septiembre de 2017

martes, 12 de septiembre de 2017

poema mañanero


I

antes de despertar
antes de abrir los ojos
ese frágil tránsito 
entre los sueños
la respiración
y la primera noción
de estar despierta
Mmmm...
robarle un par de minutos
más a las sábanas
mirar el reloj
sentir el sol 
filtrándose por las cortinas
tomar consciencia 
de que hay que levantarse
de que se abre un nuevo día
cómo una nueva página
de un libro desconocido
y sentir las resistencias internas
de no querer levantarme
y aceptarlas como vienen
sin luchar contra el apego
a las sábanas blancas
y levantarme de a poquito
respirando la mañana

II

camino
siento 
el aire
entrando 
en los pulmones.

III

luces y sombras
se van abriendo paso
de camino al supermercado
“goedemorgen” “buenos días”
me animo a decirle a una vecina

IV
un joven en bicicleta
me sonríe
le devuelvo la sonrisa
con viento en la cara
y los rulos en las mejillas
tiene cara de dormido
quizá yo también la tenga

V

un ojo hecho con trocitos de baldosas
me sorprende sobre un muro
Ay no se me puede escapar
enciendo la cámara de mi iphone
y dejo rodar y rodar

VI

Eso es la inspiración
en su estado más puro
del ser
aparece 
surge
me urge
me lanza
me suelta
me mueve
me despierta

VII
Sigo de camino
al supermercado
la musa me hace cosquillas 
en la nuca 
miro hacia arriba
descubro unas ventanas
se merecen ser filmadas
en el momento que me lanzo
atrás mío se largan a volar
un par de cisnes 
vuelan bajo
al ras del agua
se me escapan


VIII

en el supermercado
saco la lista
con lo esencial
para estos días
frutas verduras leche
pan queso flores para la mesa
una lista necesaria como aire
agua música
puentes tractores poemas
aviones gatos gente





viernes, 1 de septiembre de 2017

incertidumbre



                                                Fotografía: Chris Maat


Apenas se vislumbra 
una escalera que da al mar. 
Luz contra luz en el muelle.
Una ventana acerca
el adentro y el afuera. 

La nebulosa unifica mundos inciertos,
ese tejido se rompe en cualquier momento
con un rayo de sol, o se desdibuja 
con la caída de la lluvia. 

Si no fuera por las colinas en el horizonte
no podríamos diferenciar el cielo del mar.
La niebla los ha fundido en un solo cuerpo.

Cuerpo que respira en silencio.
En el café, palabras sueltas en sueco,
de un niño que habla con su padre
detrás nuestro. Son pinceladas
que le dan color al blanco horizonte
lienzo despojado del otro lado
de la ventana.


Los cubiertos dejan sus notas musicales
en las mesas. Intercambiamos palabras 
en holandés y en español, 
ambos idiomas se han vuelto 
una piel en común. 

El sueco “se separa” de nosotros y 
enmarca un espacio afuera
del nuestro. 

Hay sonidos sueltos
que Chris reconoce 
como parientes lejanos.
Palabras que se asemejan
al holandés. 

El llanto de un bebé 
irrumpe el espacio
sacudiéndonos,
nos giramos, reconocemos 
esa huella inconfundible 
del recién nacido,
penetra como la niebla,
unifica espacios, 
miradas, silencios,
lenguas que nos separaban,
aparentemente.

martes, 29 de agosto de 2017

en el café


                                               Fotografía: Alejandra Darriulat


Dos sillas, una mesa pequeña y dos cafés, son suficientes para instalar el momento del encuentro. Las horas se desvanecen en un silencio de tul blanco. Las miradas llevan y traen las emociones más profundas, y determinan el tono de voz con el que se van a atrever a salir algunas palabras. Cuando te miro a los ojos, me olvido de que el mundo gira tan de prisa, cuando callas y esperas a que diga algo revolviendo el fondo del café, es un instante tan frágil como el cristal. Por momentos no hay nada que decir. No es necesario llenar los vacíos de ruidos. Una mano sobre la otra, una caricia en la mejilla, un respirar la noche juntos, eso basta. 

domingo, 27 de agosto de 2017

de camino a la playa


Atravesamos bosques de árboles retorcidos que se van estirando en busca de cielos y pájaros. Huellas de un otoño prematuro nos sorprenden en las ramas de algunos árboles donde las hojas empiezan a ponerse moradas. Los bosques iban quedando atrás para abrirle espacio a los campos llenos de mariposas amarillas. La luz se hace más intensa en la medida que avanzamos sin la sombra de los árboles.  Casas de madera  se integran a la naturaleza como si fueran el tronco de un árbol más. Fabrizio corta una margarita y quiere que me la ponga en el pelo, detrás de una oreja. Después de caminar 30 minutos llegamos a una bahía. Unas vacas descansan en la orilla y nos miran desencajadas, como si estuviéramos irrumpiendo el paisaje, invadiéndoles la siesta. El agua, un espejo de Dios, donde las nubes se reflejan apaciguando el calor. Algunos veleros se desplazan en el mar dibujando caminos inciertos. Es momento de estar juntos y de contemplar lo que nos abraza. 

miércoles, 23 de agosto de 2017

hacia la luz


Entre la humedad y la niebla la presencia de un caracol se hace valer. Sus cuernos palpan las hojas con suavidad. Quizá se estén comunicando algo. Los arbustos están poblados de gotas de agua; huellas de la lluvia de la noche anterior. Ahora el sol se refleja en ellas y el caracol se desplaza hacia la luz. No se trata de un simple decorado. Tampoco es un elemento ubicado en un segundo o tercer plano dentro de una historia, es él mismo, el caracol y su casa a cuestas, lo esencial. 

viernes, 18 de agosto de 2017

atardecer en Klåverön






Del otro lado del mar, el pueblo de Marstrand y su castillo se ven pequeños. Las luces del crepúsculo se cuelan entre las ramas de los arbustos reflejándose en los arándanos y las frambuesas. En el cielo una franja de luz recorta las nubes transformándolas en colinas doradas. El silencio no es silencio; es canto de pájaros y viento soplando las hojas. El sol se hunde en el horizonte. Las nubes que formaban colinas doradas se convirtieron en cenizas de plomo por encima de una franja de fuego. Es el final del atardecer. El castillo a lo lejos se ve más oscuro. Gestos y miradas de algunos amigos se me aparecen y los recuerdo sin pensar en nada concreto. Simplemente “los traigo” un segundo a este rincón de la isla.

martes, 15 de agosto de 2017

de regreso





Son las 21:30. El sol se derrite en el mar. La luz de la noche es todavía muy intensa y me mantiene despejada. Así son los veranos suecos; apenas una franja de oscuridad se interpone entre las doce de la noche y las cinco de la madrugada. El resto de las horas están desbordadas de luz. De vuelta en la isla de Klåverön, a veinte minutos de la isla de Marstrand, después de 6 años de haber estado en este lugar. Otra vez en la cabaña de madera gris camuflada entre las rocas, oculta entre los arbustos. De regreso al árbol cuyas raíces se mezclan con los cimientos de la casa. El silencio deja hullas profundas donde los sonidos de la naturaleza se duplican; el viento en las hojas, los grillos en las noches estrelladas. En esta isla empecé a escribir los haikus que hoy forman parte del poemario La voz del viento. Hay lugares que se quedan con algo de mí. Regresar es reencontrarme con esa parte que me faltaba. Pero no soy la misma de hace seis años atrás. Nada termina de completarme. Nada termina de completarse. Siempre hay una cáscara más que se rompe y me despoja de lo que fui. Y los vacíos se van llenando a letra y pulmón. 

miércoles, 9 de agosto de 2017

detrás de la cámara



                                                 Fotografía: ©Fernanda Montoro



Viernes de lluvias. Cerrando la semana con un cielo encapotado por donde no se cuela ni una pizca de azul. La cama grande poblada de imágenes, como si cada una formara parte del acolchado. Fabrizio y yo miramos una colección de fotos de cuando él recién había nacido: Fabrizio de tres meses en el cochecito en un café de Delft, mientras yo leía un libro a su lado; en brazos de su padre en una playa de la isla de Rodas; en brazos de su tía Martina, al lado del pino navideño. Fabrizio con un año y medio dando sus primeros pasos en la casa de la abuela de Chris, cuando ella aún vivía. Él se mira a sí mismo fascinado, esbozando una media sonrisa cada vez que le cuento una historia de sus primeros años. Cuando acabamos de mirar las fotos, las guardamos en una caja y bajamos a preparar la merienda. Puse a hervir agua para un té. Busqué en un estante un paquete de galletas María. Fabrizio se paró enfrente a la fotografía Jardin du Palais  y se quedó mirándola un buen rato. -Mami, ¿y yo dónde estoy? -En esa foto no estás. -le respondo, con una caricia en el pelo. -¿Y de quién es el triciclo? -No lo sé. Quizá sea de otro niño. -Un niño que se lo olvidó en el parque.-dijo Fabrizio con mirada pensativa. -¿Y quién hizo la foto? -Nuestra amiga Fernanda. -¿Y dónde está Fernanda? -Del otro lado de la cámara. Fabrizio me miró con una expresión desborda de asombro. Y después de un breve silencio, me dijo: -Mami, ¿dónde está el iPad? yo también quiero hacer una foto. 



                                                   Dedicado a Fernanda Montoro y Fabrizio Maat.
                                        

martes, 18 de julio de 2017

vestida de blanco







Lunes por la mañana. Una franja de luz se desliza sobre la mesa del comedor. Las cosas parecen animarse bajo un manto de luz ámbar. Es el primer día de vacaciones de Fabrizio. Desayunamos juntos. La mañana nos sacude la pereza con su luz intensa. El día está aún abierto, lleno de horas por saborear, y es éste el momento de hacerlo. A Fabrizio se le han dibujado unos bigotes blancos con la espuma de la leche. Toma una servilleta y dice que se va a limpiar frente al espejo. Su espejo es el vidrio de la puerta del horno. Vuelve a la mesa con cierto gesto triunfante. -Mami, ¿ya terminaste?-me pregunta. -Todavía no -le respondo, mientras continúo tomando té verde. Fabrizio se queda mirándome, como si quisiera decir algo más, pero se va. Vuelve a la mesa, se sienta al lado de mí con sus bloques de Lego, y se pone a construir un helicóptero rojo. 
-Es para el “egel” -me dice, mezclando el español con el holandés. 
El “egel” es un pequeño erizo que acompaña a Fabrizio desde que nació. Es su peluche favorito. Recojo las tazas del desayuno y las llevo a la cocina. La luz se ha desplazado de lugar; ya no reposa sobre las frutas, se abre camino sobre el Jardin du Palais, una foto hecha por nuestra amiga Fernanda Montoro que cuelga de la pared del comedor. Fabrizio está terminando de hacer el helicóptero, sus dedos se mueven con gran agilidad a la hora de construir, hace una pausa, me mira y me sorprende con esta pregunta: 
-Mami, ¿te vas a casar algún día?
-Ya estoy casada, -le respondo con una sonrisa- con tu papá.
-Ya lo sé. Pero yo no pude ir a la boda. Todavía no había nacido. 
Se me transformó la cara. Un intenso calor me recorrió el cuerpo, como si me hubiera sumergido en una bañera de agua caliente y aceites de lavanda. 
-Mami, yo también quiero verte vestida de blanco.
Lo abracé. Le di un beso en cada mejilla.
-El año que viene con tu papi cumplimos diez años de casados. Te prometo una fiesta y me voy a vestir de blanco.
-¿Como las novias de verdad?
-Sí; como las de verdad. 
-¿Y van a haber globos, torta y piñata? 
-Vamos a ver. Todavía falta un año.

Mi vestido de novia cuelga de una percha en el altillo. Son casi diez años intensos. Movidos. De mucho aprendizaje y crecimiento. Nada semejante a una película de Hollywood. Y eso es lo que más agradezco; debajo del vestido blanco, carne y hueso, llantos y sonrisas, en la vida del día a día, momentos sublimes, desencuentros, buenos y malos humores, confrontamientos, reconciliaciones, abrazos, viajes, discrepancias, acuerdos, una vida en común que se va tejiendo y ahora también con los hilos de Fabrizio, con su huella personal que crece y se hace cada vez más presente. 


                               (relato dedicado a: Fabrizio Maat y Fernanda Montoro) 


viernes, 14 de julio de 2017

miradas sobre Róterdam



Un café en el segundo piso 
un ventanal que da a la entrada de la estación
sentada como en el palco de un teatro, 
sigo un mundo en movimiento mientras saboreo un café.


A mi derecha, la boca del metro y un grupo de jóvenes 
se dejan llevar por la escalera mecánica, descienden 
al mundo subterráneo de los metros y los sueños,
construidos después de la segunda guerra mundial. 

Desde arriba, la gente se ve pequeña, 
escurriéndose por todas partes. 
Algunos ni caminan, despliegan alas detrás del tren
como si fuera el último, como si se les fuera el aliento. 

Me reconozco en esta “pequeñez” humana, 
corriendo detrás de las horas. Otros se desplazan tranquilos. 
Y sus sombras bailan con ellos.Vienen de paseo, su andar es liviano, 
y sus miradas saltan de un lugar a otro, sin rumbo fijo.

Un muchacho anclado en medio del hall.
Lleva pantalón corto y sombreo al estilo cowboy 
con una mochila azul y una cámara colgada al cuello.

¿Esperará a alguien? ¿Lo vendrán a buscar? 
Su cara gira de un lado a otro
como un faro en medio de la noche.  

Nada queda de la vieja estación; ni humo ni huellas. 
Róterdam, ciudad ave fénix, 
después del último bombardeo. 

martes, 11 de julio de 2017

la segunda piel


No hay nada más bello que la lluvia, a la hora de escribir.
El verano holandés es desparejo. Puede saltar de un sol radiante a un día gris sin previo aviso. Aprendí a aceptarlo y lo disfruto como se presenta. Me han pedido que escriba un resumen de mi historia personal. Desde el comienzo hasta el día de hoy. Tiene que entrar en un marco de lectura de 20 minutos. Puede estar escrita en holandés o en inglés. Elegí la lengua de este país; se ha transformado en mi segunda piel. La voy a compartir en Róterdam con un grupo de gente que me merece toda confianza. El objetivo no es hacer de mí ni un héroe de película, ni una víctima. Se trata de compartir quién fui, quién soy, hacia dónde quiero ir, cuál es mi visión, cuál es mi actitud en la vida. Compartir honestamente de lo que me arrepiento y de lo que me siento agradecida. Mi historia, como la de cualquier otra persona, no es excepcional; está llena de heridas que se van cerrando en la medida que crezco, y sobre ellas nacen flores de un aroma y una textura indescriptibles. Mi vida, como la de cualquier otra persona, está poblada de días con sus lunas y soles, está poblada de inviernos con sus lluvias y tormentas, de veranos con sus mares y noches estrelladas. En estos 45 años cometí muchos errores. Hoy no tengo pudor en admitirlo. También tuve aciertos. El error más grande fue el haberme alejado de mí misma y de los que más quiero. No me refiero a un alejamiento geográfico, sino afectivo. Fueron momentos de alienación. Pero ya fueron. Los aciertos me los reconozco en silencio y dejo que otros hablen de ellos o no. Vuelve la lluvia a golpear las ventanas, como música de fondo, y un piano la intercede mientras escribo, el viento sacude las hojas de los árboles, en el parque se dibujan sobre el césped siluetas recortadas por las sombras, el aire fresco entra por las ventanas. 




viernes, 7 de julio de 2017

entre el cielo y el mar


Está ahí
en cada momento
en cada lugar
en la sombra del árbol
en la raíz
hundida en la tierra
en la mirada
que completa una frase
en la música
que vibra en la piel
en la mano extendida
como un río
el milagro está ahí
en el oído que recibe
una voz quebrada
por las lluvias
por los tropiezos
que forjan un destino
lo veamos o no
está en la pluma
que transpira letra
en la caricia 
que enciende la mirada
en un gesto 
que no se olvida
está en la palabra
que deja huellas
en la nieve
en el silencio
que anticipa el abrazo
en la luna suspendida
entre el cielo y el mar 




martes, 4 de julio de 2017

despójame



























Caen los días
como hojas de calendario
que se va despojando 
de nosotros en silencio, 
nos vamos yendo 
como la lluvia, el viento, 
el otoño y sus hojas
deslizándose por las veredas,
no somos más que eso,
hojas sopladas por el viento,
y ser consciente de esto,
me mantiene despierta,
alerta, con las ventanas abiertas
para dejar entrar veranos y primaveras,
para darlo todo, todito y más, 
que no hay nada que valga la pena
llevarse de muerto, y cuando me duermo,
que suelo hacerlo con frecuencia, 
porque esa es la esencia de un soñador,
sacúdeme, despiértame, no temas en hacerlo, 
no temas sacudirme las sábanas 
y soplarme en la cara, así como el viento
le sacude a los árboles sus hojas,
no temas y hazlo, aunque me enoje, 
tú sabes cómo hacerlo,
aunque te gruña, será sólo por un momento,
no tengas miedo de decir 
lo que no me gusta escuchar,
que tengo que despertar, que la vida es corta y fugaz, 
un amor condescendiente no cosecha, 
ni recoge siembra, sólo adormece, mata, empobrece, 
desnúdame, despójame, confróntame, 
como la tormenta sacude al mar, 
no le temo a tu mirada, ni a tus palabras sinceras,
cuando se entregan, cuando me despojan,
de lo que me sobra. 
                                                          
                                                                   dedicado a Chris 

martes, 27 de junio de 2017

tonos de voz

Después del almuerzo.  Me siento frente a la computadora y me entrego como quién lanza sus dedos por las teclas de un piano. Es el momento del café, la música, y la Lupa. 
Concierto No. 1 para piano y orquesta de Tchaikovski. Recorro con la mirada la mañana de hoy y reconozco que me desperté de mal humor. Poco dormida y levantada a destiempo. Enseguida sentí la presión de las agujas del reloj y las 8:30, hora en que Fabrizio entra a la escuela, persiguiéndome por la cocina mientras preparaba el desayuno para los dos. Cuando estoy de mal humor, me cambia el tono de voz, y aunque formule y emita la frase más “cariñosa del mundo”, como ser: “amor, el desayuno está pronto”, la voz con que lo digo refleja una tensión que deforma el significado de la frase y contagia a Fabrizio mi pésimo humor. Entonces los dos nos irritamos mutuamente, casi sin poder evitarlo. Al principio, la mañana fue así, mal humorada, llena de tropiezos entre el té y las tostadas del desayuno, y los preparativos de la merienda que Fabrizio se lleva para la escuela. Esos son los momentos en que no logro ser la madre que me gustaría ser. Y aunque soy consciente de mis tonos de voz punzantes, no es tan fácil cambiarlos. La sensación es la de haberme caído en un par de zapatos chicos que me aprietan los pies, y con ese dolor me obligo a correr por toda la casa, como si el el apuro y el mal humor pudieran controlar lo incontrolable; el tiempo. Recién cuando logramos llegar a la escuela, un par de minutos antes de que empezara la clase, ahí se aflojó mi voz, y pude despedirme de Fabrizio con tranquilidad. Él también estaba mucho más sereno. En casa me preparé un café, cerré los ojos, respiré profundo y detecté los cambios de voz que había tenido esta mañana. Me quedé como diez minutos respirando en silencio para asentarme en la voz de buen humor que había empezado a recuperar en la escuela y que es la voz de la persona que quiero ser.  No me culpo porque sé que nadie puede tener las 24 horas del día la voz de un ángel. Termino de meditar, me sirvo un vaso de agua, y me pongo a hacer la tarea más aburrida que existe en el mundo: Administración. Confieso que después de hacerla, me siento un ser medianamente responsable, y por ahí viene la recompensa, además de los efectos positivos que tiene esta acción sobre nuestra realidad como familia. Después de unas horas entre papeles, números y facturas, vuelvo a respirar hondo, me pongo a escuchar el concierto de Tchaikovsky, y me lanzo a trabajar un poema. Estoy haciendo un mosaico sobre Róterdam. Una ciudad con un encanto muy distinto al de Ámsterdam pero que se merece una serie de poemas. la Lupa parirá el primero, la semana que viene. En un rato vuelvo a la escuela con la voz renovada, gracias a este lugar. Mi lugar; el de una hoja en blanco y algo apretado adentro que tiene que salir a luz. 





martes, 13 de junio de 2017

verano en Delft


Hoy es una tarde en la que parecería que nadie tiene apuro. 
La gente se desplaza por las callecitas con aire distendido, es que el verano florece en cada esquina, y una abuela con su nieta le dan trozos de pan a los patos, una muchacha lee un libro sentada al borde de un canal, una pareja de jóvenes italianos comen helados debajo de un árbol. Si tuviera una lapicera y un papel me pondría a escribir. Como no los tengo, grabo estas imágenes en mi iPhone para transcribirlas a la lupa. Camino por el borde del canal, una brisa fresca me acaricia la cara, saboreo una frambuesa debajo de la lengua, y sigo recolectando imágenes que se me cruzan: Un barco lleno de turistas pasa por debajo de un puente, una mujer con una capelina amarilla, como si se hubiera escapado de un cuadro de Renoir, me saluda desde la proa con un pañuelo en la mano. Quizá sea este aire distendido o la falsa despreocupación de la época en que no tenía un hijo, lo que a veces extraño; sin embargo, en aquellos tiempos siempre estaba preocupada por algo, cuando en realidad se trataban sólo de fantasmas revoloteando en mi cabeza, cosas inconsistentes, incomparables con la vida de un hijo. Es extraña la sensación de que un hijo nunca está lejos, de que ocupa un espacio dentro de uno constantemente. Fabrizio está ahora con su padre en la clase de Taekwondo. Una parte de mí disfruta del paseo, de un tiempo libre, y otra parte está con él o él está conmigo. Su cara pequeña y sus ojos vivaces son una foto grabada a fuego en la memoria. Su mirada de niño curioso viene y se va como las olas, y se acompasa con colores, aromas, y sonidos de esta tarde de verano en Delft. 


jueves, 8 de junio de 2017

un retrato a mi madre


El cuarto de la máquina de coser se veía cubierto de una nebulosa. 
Una pared repleta de fotos de nosotras, las hijas que estamos lejos, 
y de los nietos que tampoco están en Uruguay. Hay libros y partituras por todas partes. Cosas que evocan otros tiempos y acompañan a mi madre, incluyendo una foto antigua que siempre vuelve a la memoria: mamá a los tres años en blanco y negro, con toques sutiles de color rosa en las mejillas, simulando un leve maquillaje. El pelo recogido a los costados con dos moñas de terciopelo, un bordado en el cuello del vestido, y una mirada de mar congelada en el tiempo, que ya al comienzo de aquella infancia, revelaba un dolor amordazado. Esta es la foto que me recuerda que mamá antes de hacerse madre, fue niña, y después una adolescente que soñó quimeras, y cuando quiso acordar, tenía el vientre redondo, desbordado de vida, también en el extranjero, sonriéndole al ojo de la cámara se sostenía la panza con las manos, parada enfrente a la Catedral de Colonia. Y dentro de ella estaba yo; flotando aún en el silencio, desconociendo lo que había afuera de su cuerpo. 

En medio de la niebla y los recuerdos estaba mi madre, sentada detrás de la tabla de dibujo, escuchándome en silencio ayer de noche, con la misma profundidad en la mirada que la de la foto de su infancia, como si una parte de ella nunca hubiera querido o podido terminar de romper el cascarón. Su mirada de niña-madre-abuela atraviesa distancias y tiempos. Y por momentos se vuelve más nítida y me recibe a través de la pantalla del I pad. Su piel está poblada de cansancios, como una tela que se ha remendado infinitas veces. Esa fue mi oportunidad para mirarla con otra mirada y disculparme por mis errores. Yo también los había cometido con ella. Durante años me obsesioné con sus fracasos en lugar de reconocer los míos. Su respuesta fue, que ya lo había olvidado. Y cuando le pregunté qué podía hacer por ella, me pidió que fuera feliz, lo humanamente posible, y que diera lo mejor de mí. “Te veo bien -me dijo, antes de despedirnos- y eso me da cierta paz”.  La escuché en silencio. Hice un gesto de afirmación con la cara frente a la pantalla y le sonreí con ojos húmedos. La noche abrazaba los silencios y las distancias desde este otro lado del Atlántico. Detrás de la ventana, la caída de la lluvia se había llevado todas mis palabras. 

martes, 30 de mayo de 2017

botellas

Sentada bajo la sombrilla sonrío y veo cómo Fabrizio, tomado de las manos de su padre, se lanza a nadar. Patalea y patalea, avanza y avanza en las aguas del Caribe, donde los pelícanos se zambullen cerca de la gente en busca de su alimento, y el abrazo del mar, tibio y cristalino, siempre está ahí. En pleno momento de éxtasis, una imagen me aterró: Una botella de plástico en la arena; sin tapa y con el cuello al descubierto, apuntaba al cielo. Y enseguida me acordé de lo que la guía del acuario nos había comentado el día anterior: “Si seguimos así en el 2050 las botellas y los residuos de plástico habrán sustituido a los peces”. No pude evitar la imagen de una cabeza, más que humana, monstruosa, abriendo una boca más grande que la de una ballena, vomitando millones de botellas en pleno mar. Lo que antes podría haber sido una figura legendaria, hoy es en una pesadilla. La botella y su mensaje de amor tirado al mar, con la esperanza de que alguien lo reciba, sufre la amenaza de ser sustituida por la desaparición de los peces, y la nostalgia de un mundo marino que puede llegar a desaparecer, si no tomamos conciencia de lo que está pasando en el mar, y hacemos algo. Me levanté de la reposera, caminé hasta el lugar de la botella, y la tiré a la basura. De camino, fui recolectando otras “flores de plástico y cartón” que los humanos tiramos en la arena, sin pensar en sus consecuencias. Cuando volví a la sombrilla, no me sentía un héroe por haber limpiado apenas un fragmento de playa, pero al menos había puesto “un rezo en movimiento”. Mientras levantaba de la arena pajitas de refrescos, vasos, cubiertos, cajas de cigarrillos, entre otros desperdicios, le pedía a Dios que nos diera la luz para despertar, y tomar consciencia de la gravedad de este hecho, y en lugar de echarle la culpa a Él o Ella, o quién quiera que sea Dios, como lo venimos haciendo durante siglos y siglos, tomar de una buena vez la responsabilidad de nuestras acciones por el mar de nuestros nietos. Para que ellos puedan, algún día, nadar mar adentro. 


miércoles, 24 de mayo de 2017

el mar


Me zambullo en el mar, el agua me recibe como si nunca la hubiera abandonado, su sabor otra vez en el paladar, su tibieza sobre la piel, y un mundo de corales sobre la arena, y un par de peces violetas con aletas transparentes escabulléndose entre las rocas. Me entrego, me dejo llevar hasta el fondo, una infinita gama de turquesas se despliegan en el agua, y el sol, allá en lo alto, atraviesa el mar con una luz del color de los nísperos. Las olas se alborotan por encima de mí. Allá abajo, el silencio es absoluto. No hay nada que lo quiebre. Y es como si hubiera vuelto. Aunque sé que es imposible, aunque en la memoria no quede ni rastro de lo que fue, volví por una fracción de segundo a la placenta de mi madre. No me pregunten cómo porque no lo sé. Pero sí me consta que regresé. Sólo por un instante, más breve que un sueño. Si realmente hubo un lugar en la infancia donde me sentía segura fue en el mar. Podía ser yo misma, libre de miedos, expectativas y frustraciones. El mar con sus olas acaparaba toda mi existencia. Entregarme a él, era irresistible. Dejarme llevar por las olas hasta la orilla, volver corriendo a zambullirme en el agua, una y otra vez, como una danza donde la misma secuencia de movimientos se repite sin cesar. Aquel ritual me hacía sentir libre. El presente se ensanchaba como el horizonte y no había más espacio ni para el “molesto” pasado, ni para el “temeroso” futuro. Del otro lado de la orilla, bien lejos de mí, quedaban las angustias por los deberes de la escuela, por las peleas con mi hermana, por los conflictos cotidianos de mis padres. Y en el presente sólo había espacio para las olas, el gusto a sal, el sol, las risas, los juegos con las primas. El mar es infinito y me recuerda lo finita que es la felicidad. Es sólo ese momento fugaz en el que uno está capacitado para tomarla. Gracias a que es sólo ese momento, es que tiene un valor, un contenido, un verdadero sentido que va llenando la vida casi sin que te des cuenta, como los granitos que se filtran por el cuello de un reloj de arena. Hace unos días me zambullí una vez más en el mar, y volví a sentirme tan protegida como en aquellos momentos fugaces de la infancia, y del otro lado de la orilla quedaron otra vez los miedos abandonados a su suerte: el miedo a no poder, el miedo a fallarle a los que más quiero, el miedo a fracasar, el miedo al éxito. Y cuando los miedos quedaron allá lejos, regresó la confianza, quizá tan fugaz como la felicidad pero persistente. Regresa cada vez para dejarme ser. Es una ola que me sostiene, me abraza, me guía, dentro y fuera del mar.

martes, 9 de mayo de 2017

la música de M


Como gotas pequeñas de agua iban llegando sus mensajes, marcando presencia cada día hasta que me animé a llamarla y contarle algo de mí, algo de mi historia que sin habérmelo propuesto, la hizo llorar. Ese fue el momento en que se atrevió a contarme que se acababa de mudar. Antes vivía con su pareja y ahora en un altillo de una casa antigua muy cerca de Amsterdam. Cada día hace un gran esfuerzo por no perder las ganas de vivir, después de haberse separado una vez más. Las palabras de M, aunque son en holandés, me devuelven sin poder evitarlo, un montón de fotos de mi pasado. Reconozco las veces en que me encontré en la misma situación. Y las personas que en aquel momento se mantuvieron cerca, fueron cablecitos a tierra y un hilo al cielo, indispensables para salir de donde estaba. La Navidad pasada recibí la música de M a través de una amiga, y me gustó tanto que se la agradecí personalmente a M. vía WhatsApp. A partir de ese instante, cada mañana recibo una señal de su parte: una foto de unas esculturas en Oslo, una iglesia colonial en Perú, otras mañanas me envía una nueva canción ejecutada con su guitarra, y yo casi siempre le respondo con otras señales, “gracias”, “qué linda música”, o le envío una foto de Fabrizio o de Delft. Sus señales llegan a veces “con atraso”, eso significa que M está viajando. Además de cantar y tocar la guitarra, es azafata. Hace poco recibí una foto suya en un recital. Se había animado a tocar en público, después de mucho tiempo de no haberlo hecho. “Gracias a ti”, -me escribió debajo de la foto. Y yo pensé, “gracias a ellos”, los ángeles que hicieron posible este intercambio, entre su música y mi oído, entre su historia y la buena voluntad de escucharla, como forma de agradecer lo que se me ha dado, y lo que todavía, se me está dando. 

martes, 2 de mayo de 2017

un retrato a mi padre


A veces se lo veía así, como en la foto que tengo pegada en el vidrio de la ventana, con el semblante tranquilo, una mirada profunda hacia alguno de nosotros, y la comisura de los labios dibujando un gesto a medio camino, quizá entre alguna palabra por decir y un esbozo de sonrisa. Esos eran los momentos en que nos podíamos comunicar. Instancias fugaces en las que mi padre no se sentía atacado por el mundo y se expresaba con un tono de voz azul oscuro, sereno como un mar libre de tormentos, articulando cada palabra con claridad, creando un ritmo ameno en su forma de narrar cada historia. Le gustaba hablar con imágenes, como si escribiera en voz alta. Un día me describió la vida como un bosque y un problema cotidiano como un árbol. “Si te quedás fijo en él, perdés la visión del panorama completo”, -me había dicho y me dejó pensando. “Hay que seguir para adelante, mija, hay que seguir” -me decía. 
En la foto se lo ve con el mate en la mano, sentado en el patio trasero de su casa en La Floresta, tras una luz veraniega, formando parte de un momento que si bien no recuerdo, sí puedo ubicarlo en la época a la que pertenece. Es una foto que le sacó mi amigo alemán Herbert, cuando fue a visitarme a Uruguay hace diecinueve años atrás. 

Empezó a llover. Miles de gotas se acumulan en el vidrio de la ventana. Pero la foto de mi padre queda intacta, resguardada dentro de casa, del otro lado del vidrio, y como si por un segundo pudiera regresar, miro sus ojos y comprendo que el tiempo ha pasado, que la vida es un tejido hacia adelante sin interrupciones; nada ni nadie queda congelado, sólo en la intensidad del recuerdo. Mi amigo Herbert murió hace dos años. Mi padre aún está vivo y naturalmente ya no es el mismo. Tampoco soy la misma. Y a la distancia reconozco los errores que cometí con mi viejo. Se me acabó la etapa en la que creía que sólo los padres son los que se equivocan. Yo, como hija adulta, también le erré muchas veces, y reconocérselo a papá por teléfono, aunque sea para empezar a reparar, me reafirma aún más, el camino que quiero seguir. 

miércoles, 26 de abril de 2017

un estado del ser


Había pensado subir al blog una foto de una pintura de Leonora Carrington, y comentar que la semana pasada estuve en una exposición sobre Surrealismo en el Museo Boijman con cuadros de Dalí, Miró, Magritte, entre otros grandes pintores. ¿Pero quién ya no ha visto sus obras? ¿Qué podría decir de nuevo sobre ellos? Absolutamente nada. Por eso vuelvo, humildemente, a mi vivencia cotidiana y comparto cómo las cosas me van resonando en momentos diferentes. El día de hoy no se termina de definir. Es algo vago entre lluvias que vienen, salpican, y se van. Soles que se asoman tímidos entre los árboles, interrumpiendo el recorrido de las nubes, dejan algunas huellas de luz, y vuelven a desaparecer. Fabrizio está de vacaciones y ha decidido que hoy su peluche favorito cumple 15 años. Le ha hecho una torta, ha inflado globos, y ha invitado a sus amigos para hacer una fiesta. Y yo, intento organizarme entre una pila de ropa que tengo acumulada para planchar, un par de traducciones por hacer, el compromiso que asumí de aparecerme con la lupa cada martes, y una reunión que tengo hoy de tardecita en Rotterdam. Pero la empatía que siento por los surrealistas me “obliga” sí o sí, a comentar algo sobre la experiencia del jueves pasado en el museo. Entré en un salón vacío. Sólo había una especie de cilindro rojo ubicado en el centro desde el suelo hasta el techo. Dentro del cilindro se pasaba una película sobre el surrealismo desde sus comienzos con el movimiento de Bretón. Una vez que entré en ese espacio fue como haber caído en una nave espacial. Me disolví de la realidad más tangible y regresé a la esencia más profunda de mí. Tomé conciencia de un estado del ser que ha predominado y que aún predomina muchas veces en mí, sana e insanamente, desde que nací. La irracionalidad. La asociación permanente de ideas que me surgen a partir de las imágenes que se me presentan en la experiencia cotidiana. La necesidad de darles un lugar, es vital. El viaje de los surrealistas me devolvió a casa en menos de diez minutos. Y cuando digo “a casa” no me refiero ni a Montevideo, ni a Delft, ni a ninguna otra parte del mundo, sino a ese estado indefinido del ser que acabo de expresar. Quizá este reloj hecho por Fabrizio en combinación con este texto de Cortázar sinteticen mejor que yo lo que necesito decir. 




  
                                    " Todavía hay tiempo para
                                     imaginar cualquier cosa,
                                     para creer que aparecerás
                                     en cualquier instante, para
                                     incluso creer que me
                                     buscas"

                                                       Julio Cortázar.