martes, 9 de mayo de 2017

la música de M


Como gotas pequeñas de agua iban llegando sus mensajes, marcando presencia cada día hasta que me animé a llamarla y contarle algo de mí, algo de mi historia que sin habérmelo propuesto, la hizo llorar. Ese fue el momento en que se atrevió a contarme que se acababa de mudar. Antes vivía con su pareja y ahora en un altillo de una casa antigua muy cerca de Amsterdam. Cada día hace un gran esfuerzo por no perder las ganas de vivir, después de haberse separado una vez más. Las palabras de M, aunque son en holandés, me devuelven sin poder evitarlo, un montón de fotos de mi pasado. Reconozco las veces en que me encontré en la misma situación. Y las personas que en aquel momento se mantuvieron cerca, fueron cablecitos a tierra y un hilo al cielo, indispensables para salir de donde estaba. La Navidad pasada recibí la música de M a través de una amiga, y me gustó tanto que se la agradecí personalmente a M. vía WhatsApp. A partir de ese instante, cada mañana recibo una señal de su parte: una foto de unas esculturas en Oslo, una iglesia colonial en Perú, otras mañanas me envía una nueva canción ejecutada con su guitarra, y yo casi siempre le respondo con otras señales, “gracias”, “qué linda música”, o le envío una foto de Fabrizio o de Delft. Sus señales llegan a veces “con atraso”, eso significa que M está viajando. Además de cantar y tocar la guitarra, es azafata. Hace poco recibí una foto suya en un recital. Se había animado a tocar en público, después de mucho tiempo de no haberlo hecho. “Gracias a ti”, -me escribió debajo de la foto. Y yo pensé, “gracias a ellos”, los ángeles que hicieron posible este intercambio, entre su música y mi oído, entre su historia y la buena voluntad de escucharla, como forma de agradecer lo que se me ha dado, y lo que todavía, se me está dando. 

martes, 2 de mayo de 2017

un retrato a mi padre


A veces se lo veía así, como en la foto que tengo pegada en el vidrio de la ventana, con el semblante tranquilo, una mirada profunda hacia alguno de nosotros, y la comisura de los labios dibujando un gesto a medio camino, quizá entre alguna palabra por decir y un esbozo de sonrisa. Esos eran los momentos en que nos podíamos comunicar. Instancias fugaces en las que mi padre no se sentía atacado por el mundo y se expresaba con un tono de voz azul oscuro, sereno como un mar libre de tormentos, articulando cada palabra con claridad, creando un ritmo ameno en su forma de narrar cada historia. Le gustaba hablar con imágenes, como si escribiera en voz alta. Un día me describió la vida como un bosque y un problema cotidiano como un árbol. “Si te quedás fijo en él, perdés la visión del panorama completo”, -me había dicho y me dejó pensando. “Hay que seguir para adelante, mija, hay que seguir” -me decía. 
En la foto se lo ve con el mate en la mano, sentado en el patio trasero de su casa en La Floresta, tras una luz veraniega, formando parte de un momento que si bien no recuerdo, sí puedo ubicarlo en la época a la que pertenece. Es una foto que le sacó mi amigo alemán Herbert, cuando fue a visitarme a Uruguay hace diecinueve años atrás. 

Empezó a llover. Miles de gotas se acumulan en el vidrio de la ventana. Pero la foto de mi padre queda intacta, resguardada dentro de casa, del otro lado del vidrio, y como si por un segundo pudiera regresar, miro sus ojos y comprendo que el tiempo ha pasado, que la vida es un tejido hacia adelante sin interrupciones; nada ni nadie queda congelado, sólo en la intensidad del recuerdo. Mi amigo Herbert murió hace dos años. Mi padre aún está vivo y naturalmente ya no es el mismo. Tampoco soy la misma. Y a la distancia reconozco los errores que cometí con mi viejo. Se me acabó la etapa en la que creía que sólo los padres son los que se equivocan. Yo, como hija adulta, también le erré muchas veces, y reconocérselo a papá por teléfono, aunque sea para empezar a reparar, me reafirma aún más, el camino que quiero seguir.