sábado, 6 de marzo de 2010

los ancianos

La sombra de las ramas se expandía sobre el césped, como una maraña de cabellos oscuros, agarrándose de la tierra. Debajo del gran árbol, había un banco de madera desgastado por la lluvia y la humedad. Allí estaban sentados unos ancianos. A ella, los pies no se le veían porque estaban cubiertos por una manta gris. Y sobre esa manta, dormía un gato negro. Cada tanto, el gato se desperezaba, estirando todo su cuerpo como una banda elástica, y luego, volvía a acomodarse sobre la manta, cubriendo los pies de la anciana. Ella tenía las manos ocupadas con una prenda de lana roja que iba destejiendo lentamente, y los movimientos de sus dedos eran tan sutiles, como las antenas de un insecto. Sus cabellos brillaban en el silencio de la tarde, bajo el reflejo de un sol cansino. A su lado, el anciano escribía en un cuaderno con renglones. Iba llenando páginas y páginas de palabras, unas tras otras. La mujer, cada tanto le decía algo, y él le respondía sólo con un movimiento sutil de cabeza, sin dejar de escribir, ni un sólo segundo. En un momento dado, a él se le cayó el bastón que tenía apoyado contra el borde del banco. La mujer intentó levantarse para ir a recogerlo, el gato se inquietó un poco, pero ella no tuvo fuerzas para ponerse de pie, y al final, continuó tirando de los hilos rojos de la prenda que estaba deshaciendo, y el gato retomó su siesta. En ese instante, el hombre dejó de escribir, y miró hacia la dirección del bastón entornando los ojos, como si a la distancia no lograra ver con nitidez. Después, giró la cabeza hacia ella, respiró profundo, y la miró con ternura; luego, cerró los ojos, con una expresión llena de calma, y la anciana volvió a ser la misma mujer joven que había sido hace 40 años atrás, sentada a la sombra del mismo árbol.

2 comentarios:

  1. Hermosas imágenes y nuevamente la magia del relato que nos transporta en el tiempo y en el espacio.
    Teresita Fariello - URUGUAY

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  2. Muchas gracias Teresita!! Te dejo un gran abrazo, Ale

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